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La
sección se ha acabado. Así terminan
también las angustias del autor, que desde
junio de 1998 pregunta cada semana: ¿Usted
qué haría?
La idea era utilizar el método del caso,
como en las escuelas de dirección de empresas:
plantear un problema real y varias alternativas.
Era un ejercicio práctico de toma de decisiones.
Más que dar con una solución concreta,
en las respuestas de los expertos interesaba ver
en qué aspectos se fijaba cada uno, qué
datos le parecían más relevantes
y cómo razonaba su propuesta.
Me permitirán unos agradecimientos. Primero,
a Ana I. Pereda, la ex directora de Actualidad
Económica que hace seis años tuvo
más fe en mi idea que yo mismo: escribí
5 casos y me planté. Pero ella me animó
a seguir hasta los 25; luego... Han sido 250.
Segundo, a los cerca de cuatrocientos expertos
que han colaborado desinteresadamente. Que no
se molesten los demás si cito a Antón
Azlor, Javier Fernández López, Javier
Guillén, José Medina y Enrique Serrano.
Tercero, a las profesionales que llevan las relaciones
con la prensa en el IE, IESE y Esade, que han
motivado a sus atareados profesores para que participaran.
La mayoría de las historias se referían
a problemas de recursos humanos. Algunas lecciones
aportadas por los expertos son:
Hablar. Muchos conflictos con el jefe o
los compañeros se deben a la falta de comunicación.
Hablando se entiende la gente. Entender no quiere
decir estar de acuerdo, sino comprender la posición
y expectativas del otro. Conversando a lo peor
se comprueba que la incompatibilidad es absoluta:
al menos nos hemos aclarado, y quizá podemos
pactar cómo romper la relación laboral
con el menor trauma posible.
Escuchar. No siempre uno presta suficiente
atención a datos relevantes que ya conoce
y que ayudan a comprender el problema e incluso
a solucionarlo. Por ejemplo, uno comenta de pasada:
'a mi mujer el plan no le parece bien', y sigue
dándole vueltas a su propia opinión.
En principio, quien mejor conoce a uno es su cónyuge.
Lo sensato será profundizar: ¿por
qué le parece mal?, ¿qué
factor considera ella importante y yo minusvaloro?
Otra variante: uno dice que 'todos mis colegas
son unos timoratos'. ¿Todos? La generalización
es sospechosa. Habrá algún miedoso,
pero quizá una compañera en realidad
es prudente, a otro le parece razonable lo que
uno considera un disparate, un tercero piensa
a más largo plazo...
Jugar limpio. No hacer trampas, nunca.
Si uno decide largarse a trabajar con un competidor,
que salga por la puerta grande. Si un colega te
hace una faena, no seas ingenuo, pero no correspondas
con otra puñalada. En general, actuar con
ética es profesionalmente rentable: la
primera mentira lleva a la segunda y así
nos vamos degradando, todo se acaba sabiendo y
la vida da muchas vueltas: un enemigo de hoy puede
ser pasado mañana un amigo. Pero a veces
la honradez no tiene recompensa material. El gran
motivo para actuar bien es la dignidad de la persona:
la nuestra y la de los demás.
Desdramatizar. Lo que a uno le escandaliza
y considera inconcebible, pasa en muchas otras
empresas. Si uno está muy, muy enfadado,
que deje pasar un tiempo antes de tomar una decisión
drástica. Quizá está agotado
y nervioso: la imaginación juega malas
pasadas. Unos días de vacaciones le situarán
en la perspectiva adecuada. No exagerar los fracasos,
que suelen ser transitorios, y pensar en el futuro:
el próximo gol lo marcaré yo.
Lanzarse. Pensar, pedir consejo, decidir
y... ¡actuar! La duda permanente angustia
y paraliza. El éxito nunca está
garantizado, pero no hay triunfo sin riesgo.
Desdramatice, no exagere los fracasos, que suelen
ser transitorios, y piense que el próximo
gol lo marcará usted

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