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No sé si echar a un representante comercial.
Las pocas veces que le he oído a Eugenio algo
parecido a una autocrítica ha sido para admitir
que se había equivocado en el procedimiento o
en el tono empleado. Nunca reconoce que ha cometido
un error. Habitualmente, atribuye la responsabilidad
a los colaboradores de otro departamento. En el colegio
a eso le llamábamos ser un acusica; no sé
si se seguirá utilizando el término.
Además, es un llorón que está todo
el día quejándose. Desde hace muchos años
es nuestro representante comercial en una zona importante.
Cuando desde la casa central le apretamos, dice que
le estamos metiendo excesiva presión. Si le soltamos
cuerda, resulta que nos despreocupamos de él.
No sabe vivir sin la palmadita en la espalda.
¿Que por qué le hemos consentido esto
durante tanto tiempo? Muy sencillo: porque es un gran
vendedor y realmente le necesitábamos.
Si un mes vemos que la facturación va mal, le
llamo: Eugenio, a ver si nos lo salvas tú.
De entrada refunfuña, pero con frecuencia se
sale con la suya. No sé qué tiene, que
se mete a los clientes en el bolsillo y a veces consigue
lo imposible. En realidad sí sé qué
tiene: un gran corazón. Eso se nota también
en el modo en que defiende, protege y alienta a sus
colaboradores. Es cierto que les trata con cierta brusquedad
e incluso les insulta, pero ellos saben que es pura
fachada: notan que les aprecia y saben que es un poco
bruto.
¿Cuál es, entonces, el problema? Hace
un año y medio compramos una empresa con otra
gama de productos muy diferentes. Era evidente que había
que poner a un vendedor específico para la zona
de Eugenio. Decidimos mandar a Luis, que trabajaba en
la sede central. Hizo el cursillo correspondiente, se
enteró bien de qué iba el producto y le
enviamos para allá. Hablé con Eugenio
para que nos lo cuidara. Déjalo en mis
manos, respondió.
A los diez días me llamaba para decir que nos
habíamos equivocado: Luis no sirve,
aseguró. ¿Por qué lo dices?,
pregunté. Lo que entendí es que Luis hace
las cosas a su manera y no sigue al pie de la letra
los consejos de Eugenio. Démosle un margen
de tiempo, y tú no le atosigues.
Han pasado tres meses. Las relaciones entre ambos no
pueden ser peores. Eugenio nos bombardea con avisos
de que echemos a Luis. Pero hablas con éste y
te explica que el otro le ha cogido manía. Le
hace la vida imposible, incluso ridiculizándole
ante clientes o posibles clientes comunes. Personalmente
me da igual cómo se lleven. Todavía no
sé si Luis lo hace bien o mal: hay que darle
tiempo. Me parece que Eugenio ha llevado las cosas demasiado
lejos y está echando un pulso a la propia dirección
de la empresa. Pero si le echo, la facturación
global se resentirá un montón.
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