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| Economía, dentro
de un orden |
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| Una subvención, creada
para paliar un problema visible, provoca otros problemas
que siempre se ven después. |
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La prensa daba noticia estos días sobre una
sanción que la Comisión Europea ha impuesto
a una empresa por irregularidades en el comercio exterior
de azúcar, lo que trajo a mi memoria un comentario
de Anthony Fisher, de fines de los setenta. Decía
el ilustre economista que no habría que sacar
precipitadas conclusiones sobre una supuesta relación
entre estado sacerdotal y amargura si se viera en un
anuario vaticano que el consumo de azúcar diario
es allí de dos kilos por persona. Las cifras
habría que atribuirlas, más bien, al singular
estatus territorial de que goza la sede apostólica.
En efecto, todos saben que la Ciudad del Vaticano se instituyó
en 1929 por los acuerdos de Letrán para resolver
el problema que a la Iglesia creaba la desaparición
de los estados pontificios. Y también que ese minúsculo
estado soberano, de menos de medio kilómetro cuadrado
y unos centenares de habitantes, está enclavado
al oeste de Roma, a la derecha del Tíber. Pues
ahí está, precisamente, decía Fisher,
la clave para comprender las estadísticas vaticanas
de consumo de azúcar: en que la Ciudad del Vaticano
está dentro de Italia y ésta pertenece a
la Comunidad Económica Europea.
Como El Vaticano no es miembro del mercado común,
el azúcar exportado desde Italia recibe un subsidio
del fondo agrícola comunitario. La picardía
romana completaría la explicación. Bastaría
un funcionario vaticano avispado para poner en marcha
el "dulce" círculo: un comerciante romano
exportaría legalmente azúcar al Vaticano,
obteniendo las correspondientes subvenciones comunitarias,
lo cual sería registrado en el Vaticano como una
importación, que pasaría a las estadísticas.
El espabilado funcionario curial "reexportaría"
el mismo azúcar a Italia, esta vez sin registro
estadístico, con toda facilidad, al no existir
aduaneros en las fronteras entre ambos estados soberanos.
El azúcar sería comprado de nuevo por el
comerciante romano, que reiniciaría así
el círculo "vicioso". Anthony Fisher
contaba que había ocurrido; yo no lo comprobé
entonces, ni lo he hecho ahora. Pero la Política
Agrícola Común, que crea excedentes y el
consecuente derroche de recursos, pareciera pensada para
tentar a algún desviado funcionario vaticano. Son
los efectos colaterales que inevitablemente aparecen acompañando
a la intervención estatal en la economía:
los poderes públicos, deseando cambiar una situación
que les parece inapropiada, intervienen adoptando una
decisión que les parece la más adecuada,
sin prever los efectos colaterales que aparecerán
después.
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