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© Unidad Editorial. 2007.
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Economía, dentro de un orden
Subvenciones
Una subvención, creada para paliar un problema visible, provoca otros problemas que siempre se ven después.
La prensa daba noticia estos días sobre una sanción que la Comisión Europea ha impuesto a una empresa por irregularidades en el comercio exterior de azúcar, lo que trajo a mi memoria un comentario de Anthony Fisher, de fines de los setenta. Decía el ilustre economista que no habría que sacar precipitadas conclusiones sobre una supuesta relación entre estado sacerdotal y amargura si se viera en un anuario vaticano que el consumo de azúcar diario es allí de dos kilos por persona. Las cifras habría que atribuirlas, más bien, al singular estatus territorial de que goza la sede apostólica.

En efecto, todos saben que la Ciudad del Vaticano se instituyó en 1929 por los acuerdos de Letrán para resolver el problema que a la Iglesia creaba la desaparición de los estados pontificios. Y también que ese minúsculo estado soberano, de menos de medio kilómetro cuadrado y unos centenares de habitantes, está enclavado al oeste de Roma, a la derecha del Tíber. Pues ahí está, precisamente, decía Fisher, la clave para comprender las estadísticas vaticanas de consumo de azúcar: en que la Ciudad del Vaticano está dentro de Italia y ésta pertenece a la Comunidad Económica Europea.

Como El Vaticano no es miembro del mercado común, el azúcar exportado desde Italia recibe un subsidio del fondo agrícola comunitario. La picardía romana completaría la explicación. Bastaría un funcionario vaticano avispado para poner en marcha el "dulce" círculo: un comerciante romano exportaría legalmente azúcar al Vaticano, obteniendo las correspondientes subvenciones comunitarias, lo cual sería registrado en el Vaticano como una importación, que pasaría a las estadísticas. El espabilado funcionario curial "reexportaría" el mismo azúcar a Italia, esta vez sin registro estadístico, con toda facilidad, al no existir aduaneros en las fronteras entre ambos estados soberanos. El azúcar sería comprado de nuevo por el comerciante romano, que reiniciaría así el círculo "vicioso". Anthony Fisher contaba que había ocurrido; yo no lo comprobé entonces, ni lo he hecho ahora. Pero la Política Agrícola Común, que crea excedentes y el consecuente derroche de recursos, pareciera pensada para tentar a algún desviado funcionario vaticano. Son los efectos colaterales que inevitablemente aparecen acompañando a la intervención estatal en la economía: los poderes públicos, deseando cambiar una situación que les parece inapropiada, intervienen adoptando una decisión que les parece la más adecuada, sin prever los efectos colaterales que aparecerán después.

 
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