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La diplomacia ha estado siempre asociada al canapé,
la española más. Yo no sé si esta
insidia responde cien por cien a la verdad, pero es
la confidencia que con más frecuencia he oído
de los empresarios que hacen las Américas, como
se decía antes. Siempre les he encontrado faltos
de cariño, de colaboración política,
y las oportunidades que he tenido, invariablemente he
constatado que los cócteles de las embajadas
españolas gozan de gran reputación internacional,
al tiempo que he notado una frecuente prevención
oficial ante la obscenidad de que la reunión
degenerara en una cita de negocios. Todo lo escrito,
seguramente clichés, parece que va a cambiar,
aunque puede que a peor. El nuevo ministro de Exteriores,
Miguel Ángel Moratinos, aspira a una diplomacia
de gran potencia, y ha reunido al respecto a todos nuestros
expatriados políticos en una magna conferencia
para que conozcan las nuevas directrices. Pero las referencias
sumarias del encuentro no alivian mi escepticismo. Un
avance de por dónde sopla el viento es el objetivo
prioritario de alcanzar la paridad en el cuerpo diplomático,
y aun reconociendo el derecho del antaño sexo
débil a disfrutar de la vida social allende fronteras,
sigo creyendo que la genuina vocación del servicio
exterior es la de favorecer el mundo de los negocios.
Así lo hacen todos los países serios,
ya sean pequeños como Holanda, o grandes como
el Reino Unido. Tenemos un Gobierno, sin embargo, para
el que las relaciones políticas "deben estar
por encima de las comerciales y empresariales",
según ha hecho explícito en Argentina
nuestro canciller, ante Kirchner, con el consecuente
llanto de las compañías españolas,
que llevan años padeciendo la inseguridad jurídica,
la falta de un marco regulatorio claro y las consabidas
excentricidades de su presidente. Éstas son las
prioridades de nuestra nueva política exterior,
según Moratinos: el respeto a la legalidad internacional,
la resolución de conflictos enquistados que generan
odio, la profundización en el conocimiento del
mundo islámico. ¿Y dónde está
el negocio?, me pregunto. ¿El negocio del que
viven nuestras empresas, los exiliados que arrastran
y la promoción señera del país?
No existe. Cuando Zapatero viajó recientemente
a Argelia, le preguntaron los periodistas si se trataba
también de un viaje de negocios. "De negocios
no, de interés económico", respondió.
Yo creo que el presidente prefiere claramente el canapé.
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