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El Gobierno, por boca de su ministro de Industria,
Comercio y Turismo, presentó esta semana ante
el Congreso de los Diputados y la opinión pública
su plan de política industrial para afrontar
esta legislatura. La comparecencia era esperada con
interés. Primero, porque, a diferencia del vicepresidente
Solbes, bien conocido por el mundo económico
y empresarial, Montilla es una de las grandes incógnitas
de este Gobierno, al menos fuera de la Cataluña
de la que procede. Y, segundo, porque la decisión
política de resucitar al viejo Ministerio de
Industria del Paseo de la Castellana es ya en sí
un mensaje a la ciudadanía: este Gobierno, a
diferencia de los anteriores, sí tiene una política
industrial, y se dispone a ejercerla.
Ocho años no pasan en balde, y el panorama sobre
el que va a trabajar Montilla no se parece en casi nada
al que había antes de 1996. Las privatizaciones,
iniciadas por el PSOE y llevadas hasta sus últimas
consecuencias por el PP, han dejado al Ministerio sin
una de sus grandes herramientas para desplegar su política
industrial: el sector público empresarial, que
ya es, con contadas excepciones, prácticamente
inexistente. Lo poco que queda, tras la fusión
de la Sepi y Patrimonio, está en Hacienda.
El proyecto encarnado por el departamento de Ciencia
y Tecnología, lanzado en el 2000 por el segundo
Gobierno de José María Aznar, también
representó en sí mismo un mensaje a la
opinión pública y a los empresarios: que
la sociedad y la economía españolas necesitaban
-y siguen necesitando- con urgencia un esfuerzo para
engranar investigación y empresa y dar un salto
competitivo que la economía española sigue
pidiendo a gritos.
Para lanzar ese mensaje, el PP prácticamente
desmanteló Industria. Ciencia y Tecnología
recibió de Fomento las competencias en telecomunicaciones,
de Educación la política científica,
y de Presidencia la ordenación del sector de
televisión. A cambio, el Ministerio que estrenaba
Anna Birulés cedió la política
energética y de ordenación sectorial,
y las empresas públicas. Ya en la legislatura
anterior había perdido Comercio a favor de Economía.
Ahora, con la vuelta del PSOE al poder, vuelve Industria,
pero ya no es lo que era. Pierde la I+D empresarial
y la política científica, que vuelven
a Educación, y recupera Energía -excepto
la capacidad de fijar las tarifas-, Comercio y Turismo.
Mantiene la ordenación de las telecomunicaciones,
pero no recupera las empresas públicas.
Con esos mimbres, José Montilla, cuyo pulso con
el ala más liberal del Gobierno no ha hecho más
que empezar -ahí está el tema de los horarios
comerciales- ha propuesto un "pacto industrial"
entre Administración y empresas, para afrontar
la pérdida de competitividad y la deslocalización.
Reconocer la realidad es un primer paso en la buena
dirección.
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