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Ante la insolencia de la gente del cine que protesta,
se manifiesta, reivindica la libertad de expresión
y se define políticamente, la reacción
mediática general se podría plasmar en
la siguiente pregunta retórica: ¿Cómo
es posible que los que viven de un sector protegido
como es el cine español protesten porque el público
prefiere otro tipo de cine y, además, se metan,
directa o indirectamente con la política general
de un gobierno que les da de comer, contradiciendo así
la existencia de esa limitación a la expresión
libre que denuncian? Dejaré para otra ocasión
el examen de la "excepción cultural"
y trataré ahora de argüir que el comportamiento
del mundo del cine no es tan incongruente.
Primero, el cine no sería el único sector
protegido. También lo es el del carbón
y por razones que, a veces, se presentan como protectoras
de una cultura particular: la de la mina. ¿Por
qué el cine español no podría esgrimir
estas razones si, aunque estén equivocadas, funcionan
en otros casos?
Segundo, aunque quiero afirmar la libertad de elección
del espectador, deseo al mismo tiempo expresar algunos
comentarios al respecto. El conjunto de elección
está distorsionado porque se dobla el cine americano.
Además, como las preferencias son endógenas,
es plausible que una campaña ad-hoc cambiara
las preferencias a favor de nuestra balanza de pagos.
Y es perfectamente posible que el espectador español
se encuentre atrapado en una situación subóptima
en la que no deja de ir al cine de espectáculo
justamente porque los demás lo hacen y desea
tener conversación con sus amigos. Si un número
suficiente de espectadores cambiara de hábitos
quizá alcanzáramos un equilibrio mejor
para cada uno de nosotros y para la industria española.
Tercero, los del cine, como todos, preferirían
no enfrentarse con quienes gestionan las subvenciones,
aunque la concesión de éstas fuera algo
totalmente objetivo -como es el caso en la subvención
a posteriori efectuada de acuerdo con el taquillaje
conseguido-; pero sobre todo si no lo es, como ocurre
con la subvención a priori que puede modularse
arbitrariamente permitiendo discriminaciones indeseables.
Si muerden la mano del contribuyente que les da de comer
debe ser porque éste tiene nostalgia y envidia
de aquella profesión de bufón, ese ser
inteligente al que se le permitía decir sus verdades
sin jugarse por ello el cuello y sobre cuya calavera
meditaban príncipes melancólicos.
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