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La tecnología de elaboración del vino
ha dado pasos de gigante en la última década.
Regiones y comarcas productoras que hasta hace pocos
años eran consideradas como productoras de caldos
graneleros sólo aptos como vino de mesa comienzan
a ser apreciadas por los conocedores como lugares de
origen de vinos que hay que descubrir. Cualquier empresario
animoso que se lance a la aventura de ser bodeguero
-y hay muchos, entre ellos nombres muy conocidos- tiene
a su alcance maquinarias y procedimientos capaces de
detectar el momento óptimo para una vendimia
rápida y llevar a cabo un proceso de fermentación
y envejecimiento controlado hasta el último detalle
en instalaciones que garantizan calidad e higiene. Como
consecuencia, el mundo del vino en España está
viviendo un momento histórico, en el que Rioja
y Ribera del Duero, las denominaciones de origen más
apreciadas, están teniendo que dejar hueco a
las botellas procedentes de regiones emergentes y a
los llamados vinos de autor.
Nunca antes en la historia se había producido
en España tanto buen vino como ahora. Y, sin
embargo, el sector bodeguero afronta en estos tiempos
una de las peores crisis que se recuerdan. El vino está
sumido en una gran paradoja: crece la producción
de calidad, los precios suben a niveles estratosféricos,
y el consumo se derrumba. ¿Qué es lo que
pasa con el vino?
España, tradicional productor de vino de mesa
de escaso valor añadido, lleva años viendo
descender el consumo. En 2003, según datos de
la Federación Española del Vino, cada
español consumió 28,2 litros per cápita,
un 4,7 por ciento menos que en 2002 y un 21 por ciento
menos que en 1998. La caída es achacable sobre
todo al menor consumo de vino de mesa, que es aproximadamente
la mitad del que era en 1987. Pero el año pasado
se produjo un fenómeno nuevo: los vinos de calidad,
aquéllos respaldados por una denominación
de origen, rompieron su tendencia al alza con un descenso
del consumo, de 7,9 a 7,5 litros por habitante.
La cultura del vino se ha implantado sólo recientemente
en España, a pesar de la gran tradición
de este producto. Pero en el sector se ha instalado
la sombra de la preocupación. Los precios del
vino de calidad en la bodega no son baratos, pero la
presión de la hostelería, que aplica sin
inmutarse márgenes del cien y del doscientos
por ciento, está dañando seriamente la
imagen del sector ante el consumidor, que ha acabado
por considerarlo un artículo de lujo.
Queda, por supuesto, la vía de escape de la exportación,
pero el mundo está cambiando. Los vinos emergentes
de California, Chile, Argentina, Sudáfrica o
Australia están plantando cara seriamente a las
denominaciones con más renombre, incluidas las
mejores españolas. El reto de la competitividad
y el márketing moderno ha alcanzado de lleno
al vino español.
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