
No puede decirse que Dean Karlan esté gordito. En absoluto. No es Matthew McConaughey, pero no puede decirse que esté gordito. Entiéndanme: no es que someta a mis entrevistados a un control de masa corporal, pero en el caso de Karlan tiene cierta relevancia científica. Karlan es uno de esos economistas conductuales que están tan de moda. Aunque tiene un posgrado en Empresariales por la Universidad de Chicago, la meca de la escuela neoclásica, no cree que el ser humano sea un maximizador de utilidad, una especie de vulcaniano hiperracional que adopta sus decisiones tras efectuar un frío cálculo de costes-beneficios.
“A veces tenemos prioridades distintas”, escribe en More Than Good Intentions (Más que buenas intenciones), el libro del que ha venido a hablar en la Fundación Rafael del Pino. “Otras veces nos distraemos o nos dejamos llevar por el impulso del momento. O simplemente echamos mal las cuentas. Y más a menudo de lo que nos gusta admitir, somos sorprendentemente inconsistentes”.
Karlan, concretamente, tenía el problema de que quería adelgazar, pero iba por ahí comiendo chocolatinas a escondidas. Sabía que no debía, pero era más fuerte que él. Esas condenadas snickers lo tentaban desde los escaparates y las máquinas de vending y, en palabras del Economist, se había puesto “rechoncho”.
¿Por qué nos empeñamos en obrar contra nuestros propios intereses? No es un problema de desinformación. Las cajetillas de tabaco llevan ahora unas desagradables imágenes de tumores de garganta y de dientes podridos y, sin embargo, muchas personas siguen extrayendo los cigarrillos y fumándoselos con toda paz de espíritu.
La explicación de los economistas conductuales es que los humanos somos muy malos descontando las consecuencias remotas de nuestras decisiones. El yo actual no valora las cosas que preocuparán al yo futuro. Como proclama el Burlador de Sevilla cuando le advierten que algún día deberá rendir cuentas a Dios: “¡Largo me lo fiáis!”
La solución es acercar el futuro, sentir la mano de piedra del Comendador en la muñeca. O en términos menos líricos, incrementar el coste a corto plazo que comporta ignorar los efectos a largo plazo. Eso es lo que hizo Karlan. Se comprometió a pagar a un colega 10.000 dólares si no había perdido 17 kilos en un plazo determinado.
El invento funcionó tan bien, que decidió convertirlo en un negocio. Así nació StickK, una web en la que la gente suscribe contratos para dejar de fumar o adelgazar. Un árbitro independiente supervisa el proceso y, en caso de incumplimiento, se puede elegir entre una panoplia de sanciones de severidad variable: desde la mera reprensión pública hasta la donación de importantes sumas a la entidad que se quiera (o, mejor aún, que se aborrezca).
Tres años después, “StickK mueve nueve millones de dólares en contratos y tiene un centenar largo de clientes, muchos de ellos empresas deseosas de reducir las bajas que les ocasiona el tabaquismo”, dice Karlan.
Y él, ya les digo, no está gordito.
StickK no es, sin embargo, su principal ocupación. Karlan es un experto en pobreza, pero no crean que se trata de asuntos tan alejados. Después de años de trabajo como investigador y cooperante, Karlan descubrió que muchos programas de ayuda fracasaban porque dábamos por supuesto que tampoco los pobres obraban nunca contra sus intereses. Creíamos que, si les facilitábamos financiación, la aprovecharían para mejorar sus cultivos. O que, si les construíamos escuelas, las llenarían de niños.
Pero, como los fumadores, los pobres no siempre tienen en cuenta los efectos a largo plazo. Se gastan el dinero de la cosecha y, cuando llega la siembra, no tienen para fertilizante. O explotan a sus hijos sin pensar en las ventajas de una buena educación.
Lea el reportaje completo en la revista