
"¡Asesinos!”, gritaban frente a la sede madrileña de Monsanto unas decenas de manifestantes, armados con bolas de pintura roja, el pasado 17 de mayo. Aprovechaban la celebración de la V Cumbre Unión Europea-Mercosur para criticar a esta compañía por el desarrollo de semillas transgénicas y a la Unión Europea por permitirlo.
No son pocos los que odian a Monsanto en todo el mundo. Tecleando en Google su nombre, la primera entrada que aparece no es la web de la compañía, sino la de Combat Monsanto, una página disponible en español, inglés y francés que busca “favorecer la coordinación de campañas de la sociedad civil contra la empresa Monsanto” y tiene detrás a los principales lobbys ecologistas.
No es fácil ser tan odiado. ¿Su pecado original? Ser el mayor comercializador de trasgénicos y herbicidas del mundo (fuentes de la industria cifran en más del 90% su cuota de mercado de las semillas transgénicas). Para muchos, con esto basta para su condena a los infiernos.
Sin embargo, Monsanto representa para quienes no tienen miedo a la palabra transgénico el símbolo del progreso y la agricultura del futuro. Y tiene también muchos fieles clientes y creyentes que la alzan del infierno a los altares. “Supongo que cuando inventaron la rueda alguien se asustó por lo rápido que iba”, dice José Manuel, un agricultor aragonés que prefiere mantener su apellido y el de su empresa en el anonimato por miedo a represalias de grupos ecologistas. Está encantado con el maíz modificado genéticamente que le compra a Monsanto desde hace diez años porque resiste la plaga del taladro, un insecto que ataca los cultivos del Valle del Ebro.
“Cada año compramos 20 variedades de semillas distintas y plantamos las que mejor se adaptan a las previsiones”, dice José Manuel. Esta semilla de maíz resistente al taladro, una especie de mariposa que pone huevos en el tallo y cuyas larvas luego se lo comen y echan a perder la planta, es el único cultivo transgénico permitido en Europa junto a una variedad de patata más rica en almidón que acaba de ser aprobada por la UE. Como esa variedad de maíz es más cara que las otras, José Manuel sólo la siembra si ese año hay previsiones de plaga. “Mejora la productividad un 15% de media, pero si ese año no ataca el taladro estás perdiendo dinero, así que hay años que la planto y años que no. Lo bueno es que evita echar insecticidas porque la semilla lleva dentro el antídoto. Así contaminamos mucho menos porque los herbicidas no van luego al río”. Cuando su padre y su abuelo cultivaban la tierra que ahora está en manos de José Manuel, ésta producía ocho toneladas de maíz. Ahora le saca 16. “Es una revolución”, afirma.
El Monsanto del siglo XXI tiene poco que ver con la fábrica de sacarina que comenzó siendo en 1901. Posteriormente se desarrolló como compañía química y su producto estrella fue durante décadas el herbicida Roundup. Pero cuando hace una década los chinos empezaron a ser duros competidores en precio de este tipo de productos, supo reconvertirse al negocio de las semillas y la modificación genética. Actualmente, de los 11.700 millones de dólares (unos 9.524 millones de euros) que factura, más del 60% corresponde a estos productos. Es ahí donde la compañía ve oportunidad de crecimiento. De hecho, de los 1.098 millones de euros que Monsanto invierte anualmente en I+D en todo el mundo, un 95% lo gasta en ellos.
En la filial española, la facturación de Monsanto en 2009 fue de 79,4 millones de euros, de los cuales el 41,8% procede de herbicidas, el 20,8% de cultivos hortícolas y el 17,1% de semillas de cultivos extensivos y biotecnología. “Semillas y biotecnología son los grandes negocios emergentes de Monsanto”, reconoce Carlos Vicente, director de Biotecnología y Relaciones Corporativas de Monsanto. “El negocio de protección de semillas es importante, pero ya es más maduro y tiene menos potencial”.
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monsanto, gigante mundial de las semillas transgénicas y una de las compañías más controvertidas, divide el mundo entre sus fans y sus enemigos
"[el maíz modificado] mejora la productividad un 15% de media", afirma José manuel, un agricultor aragonés