
La sala de reuniones de su despacho profesional está plagada de voluminosos libros, en varios idiomas, sobre historia, diplomacia y política exterior, además de alguna foto relacionada con su paso por el Ministerio de Defensa, del que fue el máximo responsable de 1996 a 2000.
Hoy, con 63 años, Eduardo Serra, consejero de empresas como Zeltia y Ono, ex presidente del Museo del Prado y máximo responsable de la Fundación Everis, entre otros muchos cargos pasados y futuros, tiene intereses muchos más variados tras diferentes puestos en las administraciones de cuatro presidentes de Gobierno: Adolfo Suárez, Calvo Sotelo, Felipe González y José María Aznar.
Sobrevivir a la UCD, el PSOE y el PP no es su única muestra de heterodoxia política en un país propenso a partirse en dos; en su discurso se intercalan una valoración indulgente del franquismo con críticas al afán colonizador de las democracias occidentales en el mundo árabe.
P: En 1977 comenzó a trabajar en la Administración como asesor del entonces ministro de Industria, Alberto Oliart. Cuando éste fue nombrado ministro de Defensa también lo llamó, justo después del 23F. ¿Qué le parece ahora su nombramiento como presidente de RTVE? Tiene 81 años, y eso ha provocado algunas críticas.
R: Alberto es muy amigo y una de las personas más inteligentes que conozco, así que si él ha aceptado el cargo seguro que ha hecho bien. Y sin entrar en su caso concreto, lo mejor para una sociedad es que haya una combinación de distintas edades en las cúpulas directivas. Hay que tener en cuenta que en la civilización griega el Senado era el lugar de los ancianos.
Cuando se hizo la transición era necesario un rejuvenecimiento de las clases dirigentes, porque eran las más ancianas de Europa incluyendo la Unión Soviética, pero a lo mejor nos hemos pasado. Se necesita gente mayor en las cúpulas políticas. Ya en mi época de Gobierno, en las cumbres bilaterales parecíamos los hijos de los del otro Ejecutivo.
P: Hablando de generaciones, se dice mucho que el nivel de la clase política española es hoy mucho menor que hace 20 o 30 años.
R: No es un fenómeno exclusivamente español, pero aquí se ha visto más nítidamente porque la evolución ha sido más rápida. Los políticos se han profesionalizado, y yo, a priori, siempre prefiero un político que pierda dinero por dedicarse a la política. Lo primero que necesita un político profesional es mantener su puesto de trabajo; por eso es menos posible que tome decisiones buenas para el interés común si piensa que eso va poner en peligro su cargo.
P: Da la impresión, además, de que la sociedad consume política de otra forma.
R: Antes, en el casino del pueblo se leía sesudamente, así se decía, el periódico. Hoy internet supone casi opciones infinitas de acceder a informaciones alternativas, así que ya no cuenta tanto el discurso, sino la impresión, el fogonazo. La conexión de la imagen con la realidad es hoy menos relevante. Yo puedo decir que soy el defensor de los pobres aunque haga exactamente lo contrario: este fenómeno es mucho más posible hoy que hace 20 años.
P: Uno de esos fogonazos mediáticos más llamativos de los últimos tiempos fue, en 2008, la toma de posesión de uno de sus sucesores en el Ministerio de Defensa: la ministra Carmen Chacón, embarazada, pasando revista a la tropa, una imagen que fue portada en la prensa internacional. Su nombramiento fue un hecho histórico. ¿Qué opinión le merece?
R: A Carmen la conozco desde hace tiempo, cuando ella era responsable de Cultura en el Partido Socialista y yo presidía el Prado. Mi relación con ella es muy cordial, y me parece que una mujer está tan capacitada como un hombre para ser ministra de Defensa; sólo faltaría. Tampoco tenía importancia que llegase al cargo embarazada; el Ejército la recibió con una enorme naturalidad. Yo estoy seguro de que un Gobierno serio no se dedica a hacer nombramientos para tener la primera página de un periódico.
P. El pasado septiembre acudió, invitado por Chacón, al recibimiento al último contingente español destacado en Kosovo. Diez años antes, en 1999, usted, como ministro de Defensa, inició el dispositivo. Con la perspectiva que da el tiempo, ¿qué valoración hace de esa misión?
R: Hace 10 años estábamos en una situación de maltrato, si usted quiere de provocación, no de genocidio, por parte de una minoría de serbios a una mayoría de kosovores. Creo que la palabra genocidio es exagerada; genocidio fueron los hornos crematorios.
Y la actuación de las tropas españolas fue inmejorable; desde un punto de vista militar, la operación fue de 10; sin embargo, al final, personalmente no estoy muy satisfecho de la salida política que ha tenido Kosovo. Acaba con una declaración unilateral medio forzada por unos miembros, no todos, de la UE [la declaración de independencia de Kosovo, no reconocida por España], y se desencadena, para todo el que tenga ojos y quiera ver, la invasión de Georgia por Rusia.
Me parece que Occidente está demasiado convencido de su absoluta razón para entrar en lugares donde no está tan claro que le competa estar. Por eso al final muchas veces obtenemos algo contrario a nuestro propósito. Las buenas intenciones empiedran el camino del infierno.
P: No está hablando sólo de Kosovo.
R: Vamos a ver, ¿qué derecho tiene Occidente a intervenir en sociedades que no han seguido el mismo proceso que el nuestro? Estamos convencidos de que tenemos la razón, y si ellos no la quieren, se la imponemos a la fuerza.
La economía de mercado y la democracia representativa son dos subproductos de una sociedad secularizada; la sociedad árabe no lo está, así que estamos perturbando el funcionamiento de esas sociedades. ¿Cuál es nuestra coartada? No respetan los derechos humanos; como no los respetan, yo los bombardeo. Es lo que hizo la OTAN en Kosovo.
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