
Javier S. trabaja para una editorial de fascículos. Un día a su jefe se le ocurrió lanzar una colección de ánforas y le encargó que fuera a Lérida a ver a un señor que reproducía todo tipo de objetos a escala. Tenía una nave llena de miniaturas. En una repisa Javier vio unas pirámides.
“Anda”, comentó, “son como las que me traje de mi viaje de novios a Egipto”. “Claro”, le dijo el señor, “las hago yo en Shenzhen”. Así es la globalización: los souvenirs que te compras al pie de la Esfinge de Giza los fabrica un empresario catalán en China.
Es, sin duda, una muestra más de la maravillosa sofisticación de la vida moderna y de que la Tierra es plana y todas esas cosas. Pero también plantea algunas preguntas incómodas a la teoría económica. ¿Por qué no son capaces los egipcios de producir sus propios souvenirs? En principio, la riqueza está sujeta a la ley de los rendimientos decrecientes: llega un momento en que una cosecha no mejora, por más tractores que metas.
Lo lógico es que la inversión se desplace allí donde los factores son más baratos y puede obtener mayor rentabilidad. Los obreros no sólo cobran menos en Egipto que en Europa, sino que en China. ¿Por qué el capital internacional no los explota directamente en Giza, en vez de dar un rodeo por Shenzhen y Lérida?
Robert Lucas (Yakima, Washington, 1937) reparó en esta paradoja hace años. “La teoría […] no puede dar cuenta de la enorme diversidad en las tasas de crecimiento que observamos”, escribió en 1988. La teoría de la que hablaba era el modelo que Robert Solow había formulado en un artículo de 1956. Solow demostró que el 80% del aumento de la productividad de Estados Unidos en la primera mitad del siglo XX se debía a la innovación tecnológica, no a la acumulación de capital, como hasta entonces se había supuesto.
El problema es que esa tecnología que alimentaba el progreso estaba ahí fuera, al alcance de cualquiera que quisiera usarla. ¿Por qué su difusión no hacía que los países pobres convergieran más deprisa con los ricos, reduciendo la “diversidad en las tasas de crecimiento”? Tenía que haber algo más, una fuerza que neutralizaba la tiranía de los rendimientos decrecientes y mantenía el capital alejado del Tercer Mundo.
Peor que ‘freakies’. Lucas había dedicado la primera parte de su carrera a desarrollar la hipótesis de las expectativas racionales. En un ensayo de 1972 cuestionó la eficacia de las políticas keynesianas para estabilizar la economía. Si un Gobierno bajaba los tipos para impulsar el crecimiento, razonaba, los sindicatos exigirían subidas de sueldo en previsión de una mayor inflación, cancelando cualquier efecto expansivo.
El establishment académico acogió sus tesis con la condescendencia con que se trataba entonces a Milton Friedman y sus acólitos. “No éramos freakies”, recuerda hoy Lucas. “Éramos peor que freakies”. Pero, apenas un año después, la crisis del petróleo les daba aparatosamente la razón. Los estímulos fiscales y monetarios adoptados para contrarrestar las subidas del crudo desataron una espiral de precios y salarios y no aliviaron el estancamiento. Era la estanflación que habían predicho. Friedman recibiría el Nobel en 1976 y Lucas en 1995.
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