
La teoría del cambio climático catastrófico provocado por el hombre, tal y como se nos venía presentando, se ha convertido, de la noche a la mañana, en el mayor fraude científico de nuestra era. Este giro radical se ha producido con motivo de la filtración de unos mil correos electrónicos y cientos de documentos de científicos del Climate Research Unit (CRU) de la Universidad de East Anglia, el centro más influyente junto con el Goddard Institute of Space Studies (GISS), dentro de la corriente catastrofista que ha dominado el debate climático durante los últimos años.
Son estos mismos autores quienes han tenido una mayor influencia en la elaboración de los informes del Panel Intergubernamental de Naciones Unidas. Sus tesis, inmunes al debate científico gracias al recurso constante al argumento de autoridad, han justificado todo tipo de políticas intervencionistas, desde el racionamiento de emisiones hasta la regulación de la producción industrial o eléctrica. Ahora sabemos que la mentira, la censura y el negacionismo eran el modus operandi de estos pretendidos científicos.
No se trata de una interpretación de los emails. Es lo que se desprende de la lectura de la correspondencia electrónica hecha pública por un hacker o, lo que es más probable, por un arrepentido del propio centro de investigación. “Es la confirmación de lo que muchos de nosotros hemos venido detallando durante años”, afirma Christopher Horner, abogado, miembro del think tank liberal Competitive Enterprise Institute y conocido autor de artículos relacionados con el calentamiento global.
En los correos difundidos en la red, algunos de los nombres más destacados de la élite científica que ha venido defendiendo las tesis catastrofistas cuentan cómo han ocultado datos que dirigían la investigación en otras direcciones, cómo han falseado series para que las gráficas finales mostraran lo que a ellos les convenía para sostener sus tesis, cómo han sepultado el material básico a partir del cual han elaborado sus reconstrucciones de las temperaturas durante los últimos siglos para evitar la comprobación por parte de otros científicos, cómo han impedido que los críticos publiquen en revistas científicas y cómo han boicoteado a aquellas revistas que les exigían dar todos los datos de sus investigaciones o que publicaban a los escépticos.
De acuerdo con Horner, “nos encontramos con los atavíos típicos de las sectas seculares donde nada es causa de duda y todo lo que se haga está justificado”.
Secuestro. La ciencia climática ha sido secuestrada por una élite de investigadores que ha usado todos los medios a su alcance para distorsionar la realidad y evitar el avance del debate científico. Para ellos, cualquier medio valía con tal de apoyar las tesis alarmistas sobre el calentamiento climático provocado por el hombre.
En opinión de Luis Gómez, bioquímico español que desarrolla su labor investigadora en Leipzig, “los emails del CRU revelan algunos de los problemas más serios con los que se enfrenta la ciencia en la actualidad: la endogamia y la politización utilitarista. No es infrecuente que un grupo no muy amplio de científicos, con una cierta autoridad, se convierta en un núcleo potente de referencia capaz de ahogar el debate sobre aquellos temas que le ocupan. Si esa posición de privilegio se pone al servicio de intereses políticos o comerciales, nos encontramos ante la desvirtuación de la ciencia, convertida en mero argumento para ciertos lobbies”.
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