
El colapso del muro de Berlín presagiaba la disolución del autocrático Imperio Soviético y la liberación de millones de personas esclavizadas por una de las más terribles dictaduras que ha conocido la historia. La disolución del Imperio supuso la descomposición de la URSS en un mosaico de naciones independientes, más democráticas que el monstruo del que se desgajaron.
Sólo dos economistas de filiación austriaca, Mises y Hayek, predijeron muy tempranamente las dificultades de funcionamiento del sistema comunista. Tal vez impresionada por la crueldad de la experiencia leninista, también Rosa Luxemburgo llegó a dudar muy pronto de la supervivencia del comunismo bolchevique. Si bien se mira, el colapso del Imperio contradijo las predicciones de las teorías y escritos marxistas. Se equivocó Marx al asociar las instituciones capitalistas con una fase particular del proceso de industrialización. Más bien al contrario, el entramado capitalista y sus instituciones asociadas han demostrado una capacidad de supervivencia muy superior a la que les atribuía el filósofo de Tréveris. Éste vaticinó la depauperación creciente de las masas porque los trabajadores no podrían participar de la prosperidad cosechada por la industrialización. Al final, la abrumadora mayoría de estas masas explotadas provocaría el derrumbe del sistema capitalista cuando los expropiados expropiaran a su vez a la minoría de expropiadores subsistente. Su teoría del derrumbe del capitalismo ha resultado evidentemente fallida. Su tesis sobre el empobrecimiento general de los trabajadores, blindada con el supuesto ad hoc de la teoría leninista del Imperialismo, tampoco funcionó. El salario de subsistencia no se generalizó con el avance del capitalismo. Al contrario, cuando los beneficios subieron también lo hicieron los salarios, y lo que se desplomó fue el sistema comunista.
Muchos analistas se han preguntado por las causas de este fracaso. Si Mises o Hayek levantaran la cabeza responderían: ya os lo dijimos. Un famoso artículo de Ludwig von Mises, de 1920, y los escritos de Hayek, al hilo de la polémica posterior con Taylor y Lange, Lerner y otros teóricos marxistas, lo anunciaban con claridad. La ausencia de propiedad privada y de libre intercambio de activos privaría a la economía del instrumento imprescindible para realizar el cálculo económico: la institución del precio. La planificación socialista, ayuna de este sistema de señales, tropezaría con serias dificultades. La planificación midiendo input y output en términos físicos, no en valor, perdería eficacia a chorros. Los argumentos posteriores de estirpe misiano-hayekiana son el mero corolario de un solo elemento: los intereses de varios individuos –planificadores regionales, gerentes empresariales, grupos de líderes territoriales– entran en conflicto con los objetivos del Gosplan (Comité para la Planificación Económica). La consecuencia es que la planificación tropezaría con un enjambre de dificultades. Ya lo había resaltado Adam Smith, casi dos siglos antes de la revolución leninista. Smith se refería al planificador como "el hombre del sistema", el cual "se da ínfulas de muy sabio, fascinado con la supuesta belleza de su proyecto político ideal. Se imagina una gran sociedad con la misma desenvoltura con la que se disponen las piezas en un tablero de ajedrez, las cuales carecen de otro principio motriz que el que les imprime la mano, mientras que en la gran sociedad humana cada pieza posee un principio motriz propio, independiente del que arbitrariamente quiera imponerle la legislación. Si ambos coinciden, la sociedad humana, muy probablemente, será feliz y próspera. Si son opuestos, el juego será lastimoso y la sociedad padecerá el mayor grado de desorden".
En octubre de 1917, al conocer la huida del gobierno de Kerensky y el asalto al Palacio de Invierno, Lenin salió de su escondite, reapareció súbitamente, se subió a una tribuna y dijo, cual si se tratara de algo tan sencillo como levantar una cabaña para guardar cabras: "Ahora vamos a construir la sociedad socialista". No se preguntaba por la dosis de coacción necesaria para doblegar la naturaleza, gustos o resistencias de millones de personas. Las elites revolucionarias que llegaron a controlar estas sociedades operaban bajo el principio de que el fin justifica los medios. Para Lenin, la referencia ética, de existir, yacía sólo en los fines. La sangre y el crimen, hasta el genocidio si era preciso, constituían el precio que se cobra la Historia. Este siniestro manto ideológico fue el que amparó siempre su magna operación de cirugía.
Inspirado en tan mesiánico desprecio de la libertad, sus partos e improvisaciones resultaban trufados de sangre, despotismo y crímenes sin tasa. A pesar de tales evidencias, el sistema comunista ha generado un maléfico hechizo sobre las masas y, sorprendentemente, sobre los intelectuales occidentales, con la excepción de algunas mentes lúcidas como Bertrand Russel, Fernando de los Ríos y Rosa Luxemburgo, quienes quisieron contrastar el experimento leninista sobre el terreno.
Las disfunciones técnicas del sistema comunista son conocidas: 1.-imposibilidad de procesar la balumba cambiante de información, e inducir respuestas rápidas de los agentes a las señales del Gosplan, el programa de planificación central; 2.- ausencia de incentivos en las empresas para producir bienes y servicios de calidad altamente valorados por los consumidores; 3.- debilidad de incentivos para la innovación y el descubrimiento; 4.- las prioridades del Gosplan reflejan las de la nomenclatura; no las del pueblo.
En 1990, dos tercios de los hogares de la URSS carecían de agua corriente. Pravda llegó a publicar que de 276 bienes de consumo de primera necesidad, 243 no podían encontrarse en los centros comerciales. Los economistas soviéticos, decía Paul Craig Roberts, “hablan abiertamente de 40 millones de personas en la pobreza y al borde del hambre". El bienestar de la población era más propio de una economía estancada, tercermundista, que de una economía industrializada. En el dilema asignativo cañones o mantequilla primaba llamativamente la industria bélica. Gorbachov y sus socios del Pacto de Varsovia empezaron a tomar conciencia de que tan bajo nivel de bienestar popular podía resultar incompatible con la estabilidad de sus rerigentes no podían ignorar las demandas eternamente. Ni los regímenes totalitarios pueden perdurar sin algún tipo de aquiesciencia popular. Por eso, asignan voluminosos recursos a la agitación, la propaganda y el adoctrinamiento. Así, en 1961, Kruschev anunció que la URSS sobrepasaría a EEUU en producción industrial, y que en 25 años le superaría en riqueza por habitante. "Os enterraremos", espetó Nikita al mundo occidental. Tanto Kennedy como Macmillan creyeron cándidamente la baladronada de una floreciente economía soviética, así como la posible derrota occidental en la olimpiada de la prosperidad. Kruschev inició, además, en su impresionante discurso de 1956 al XX Congreso del PCUS, el proceso de desestalinización. Denunció algunos de los muchos crímenes cometidos por Stalin. Con él comenzó la glasnost –la apertura– de la que brotarían el crecimiento y el deshielo político. El deshielo fue saludado en Occidente con reverdecida esperanza, pero el hechizo se rompió pronto. La salvaje invasión de los tanques rusos aplastando el levantamiento de Budapest hundió la respetabilidad, entonces en flor, del modelo soviético.
La guerra de Vietnam había dejado en EEUU un poso de amargura. Cuando Reagan accedió al Gobierno, en 1981, halló un clima de pesimismo en las elites rectoras. Trató de combatirlo sin dilación. Inició el rearme frente al peligro soviético. Y manifestó una fe racional respecto a la capacidad de supervivencia del capitalismo frente al "Imperio del Mal", según un discurso pronunciado en marzo de 1983. Reagan y Thatcher comenzaron a proclamar sin ambages su optimismo respecto a la superioridad del sistema de precios sobre cualquier otro modelo. Desde el inmenso Imperio comunista llegaban los ecos lejanos del malestar, del nacionalismo efervescente, de la miseria profunda. La URSS se hallaba atenazada por los gigantescos gastos militares. Al comunismo soviético se le acababa el tiempo. ¿Qué hacer? Reagan apretó el acelerador del rearme, cuya equiparación la URSS no podía alcanzar sin más descensos inaceptables del bienestar público.
En 1985, Gorbachov comprendió que lo de enterrar al capitalismo no pasaba de ser una pura fantasía, tipo Antoñita la fantástica. El desafío debía ser otro: salvar el comunismo. El retraso en nivel de bienestar, tecnología y capacidad de innovación frente al competidor americano era abismal, al menos desde 1970. Tampoco pudo esquivar el dilema: ¿Qué hacer? Gorbachov era un buen leninista aunque menos cruel y fanático, un leninista refinado que pretendía apuntalar el comunismo. Renunciando al ciclo liberalización-represión, usual en la historia soviética más próxima, no quiso -ni podía- repetir la enorme oleada represiva que se puso en marcha en Hungría o Checoslovaquia. Buscó una Nueva Política Económica (NEP) de signo capitalista. Cuando Reagan respondió a su propio dilema con un despliegue de inversión militar en toda regla, acabó entrando en la negociación del desarme. La perestroika, o reestructuración, estaba representada por su NEP. La liberalización política, la apertura o Glasnot, aportaba su originalidad.
La perestroika tenía tres fases. De la primera –entre 1985 y 1986–, que contemplaba el proceso de desarme más un crecimiento acelerado, sólo funcionó el acuerdo de desarme; la segunda, basada en la Ley de Empresas Estatales, contenía un programa de inversiones y planificación imperativa sólo para las compañías públicas, mientras el resto de las empresas debían responder a las demandas del mercado. Aunque bien intencionada, esta iniciativa se hundió en un caos de corrupción, abultados déficit fiscales, envilecimiento monetario y delincuencia económica. La tercera consistió en la consumación de la glasnost, mediante una reforma constitucional centrada en la construcción de un "Estado gobernado por la ley", y no por el PCUS, quien perdió el control de la política… y de la economía. Los diputados del Congreso eligieron a Gorbachov presidente de la URSS en mayo de 1989. En julio, el Politburó (Estado más partido) se descompuso en sus piezas originarias. Gorbachov gobernó como presidente de un órgano presidencial mientras mantenía su puesto de secretario general del Partido Comunista. Además, la reforma disponía elecciones libres de los gobiernos republicanos. Cuando las republicas otearon algo de libertad, la usaron. Varias pidieron la independencia total (las repúblicas bálticas). En agosto de 1991, tuvo lugar un golpe de los involucionistas que, al fracasar, acabó aupando al poder a Yeltsin, antiestalinista radical, hijo de una familia anticomunista desterrada arbitrariamente por Stalin. Con la excusa del golpe, Yeltsin empleó su poder para liquidar el sistema. El comunismo soviético se había derrumbado. No el capitalismo.
Como bien han notado los grandes economistas, desde Smith hasta Edgeworth, la esencia del sistema capitalista de mercado reside en el intercambio voluntario. ¿Falló el socialismo porque sus buenos valores fueron pervertidos por hombres monstruosos como Stalin?; ¿Triunfó el capitalismo a pesar de sus mediocres valores? Nada de eso. No hay valores comunistas o capitalistas. Los valores son de las personas. Los líderes comunistas suelen decir que quieren lo que ellos creen que es bueno para el pueblo. Pero esto es el principio de la coacción. Todos los animales son arreados a palos hacia el pastizal, decía Heráclito; pero… no conviene olvidarse de los palos. El intercambio voluntario respeta los valores individuales de los propios agentes que realizan las transacciones. Por eso, la esencia del capitalismo es la libertad, mientras la del socialismo es la coacción. En ello radica, si estoy en lo cierto, la fortaleza y la resistencia del capitalismo. Gorbachov pasará a la historia como el destructor del comunismo soviético… por error. Al soltar las amarras de la libertad económica y política al mismo tiempo no pudo controlar el experimento. Ni Lenin, ni China, ni Franco cometieron tal equivocación cuando abandonaron la economía colectivista.
Finalmente, todo este episodio, esta clase de evidencias, puestas en valor por la caída del Muro, demuestran que el capitalismo no tiene ningún sustituto viable. Pero ciertamente, como la atracción entre los sexos, el colectivismo reaparece bajo otros ropajes: las razas, las religiones, las ideologías ecologistas, etcétera. Sólo feneció una de sus encarnaciones. Algo es algo. ¡Descanse en paz!
Manuel J. González es miembro de la Real Academia de la Historia.
El historiador Manuel J. GonzÁlez desentraña las patrañas ideolÓgicas de los derrotados hace veinte aÑos. Hoy, la amenaza del colectivismo se esconde bajo otros ropajes
reagan tuvo el
mÉrito de ver que
el comunismo
estaba en crisis;
gorbachov no
pudo controlar
su apertura