
La noche del 9 de noviembre de 1989 fue una de las más importantes de mi vida. Nos jugábamos todos los europeos y muchos habitantes de otros continentes el bien más preciado del ser humano: la libertad. Y ganamos. Esa noche cayó el Muro y, afortunadamente, lo hizo del lado correcto. Si hubiera sido al revés, ni yo podría escribir este artículo ni usted podría leerlo, pues, simplemente, Actualidad Económica, como tantas otras conquistas ligadas a la libertad, no existiría.
Nadie pensaba en aquellas fechas que el terrible muro que había partido la ciudad de Berlín durante casi cuatro décadas pudiese desmoronarse y, mucho menos, de forma pacífica, sin un solo muerto, cuando tantos habían perecido al intentar franquearlo.
En septiembre de 1989, los alemanes del Este empezaron a "votar con los pies" a través del éxodo masivo hacia las embajadas de Bonn en Hungría, Varsovia y Checoslovaquia. Las protestas ciudadanas en Berlín Oriental aguaron las fiestas organizadas para celebrar los 40 años de la República Democrática Alemana y provocaron la caída del presidente Honecker. La huída se fue haciendo masiva y el momento decisivo fue la conferencia de prensa la tarde del 9 de noviembre del portavoz del Gobierno en que, sacándose un papel del bolsillo leyó una frase histórica: "Los ciudadanos de la RDA podrán viajar al extranjero sin necesidad de visados". Eran más o menos las ocho de la tarde y la televisión alemana interrumpió sus emisiones para dar la noticia.
Yo acababa de llegar a mi hotel en Stuttgart para cambiarme e ir a una cena. Ya no salí hasta las ocho de la mañana. Las distintas cadenas comerciales de televisión empezaron a interrumpir sus emisiones y a conectar con sus estudios en Berlín y sus corresponsales situados más o menos cerca del Muro.
Los habitantes del otro lado se iban acercando a la temida pared separatoria, bien protegida por unos cientos de Vopos. Algo iba a pasar. Hasta entonces, el que quería saltar el muro era acribillado. La televisión nos mostraba las lápidas que los occidentales habían erigido en su memoria. Hacia las diez de la noche, había ya miles de alemanes del Este amontonados frente a los policías con los que los más osados intentaban dialogar. A este lado de Berlín no se sabía mucho de lo que pasaba al otro. Los comentaristas y los expertos consultados no se atrevían a aventurar cuál sería el final. Todo era posible, desde la disolución pacífica de los manifestantes hasta la masacre.
Desconozco quién dio la orden, pero en algún momento cerca de las once se abrieron las barreras y la gente empezó a cruzar. Miles de alemanes occidentales con banderas y música les esperaban al otro lado. Nadie daba crédito a lo que veía. Todo el mundo se abrazaba, saltaba, reía.
Las televisiones cubrieron el evento toda la noche y entrevistaban a mucha gente. Recuerdo a un hombre que tras cruzar la frontera y pedir un marco para llamar a un primo suyo de Hamburgo respondió a la pregunta de si pensaba volver: "¡Por supuesto! He dejado en mi casa a mi perro con poca comida …. Además esta puerta -añadió-, no volverá a cerrarse nunca". Ver aquello en directo no solo era emocionante y gratificante sino que obligaba, de una parte, a revisar el pasado que habíamos vivido desde el final de la Segunda Guerra Mundial y, por otra, a especular sobre qué cambios se iban a producir.
Nos habíamos acostumbrado a vivir en un mundo dividido en dos bloques antagónicos, irreconciliables, comandados por las dos únicas potencias de la época: los Estados Unidos y la URSS. Se habían repartido el pastel, y además vivíamos en una especie de statu quo, solo quebrado de vez en cuando por alguna guerra local cuando, en algún rincón del planeta, alguien intentaba alterarlo. Todos estábamos convencidos de que ese tablero sería el mismo por muchos años y que, aunque sobre él se moviese algún peón, se seguiría jugando con las mismas fichas de manera indefinida.
Tan solo un año y medio antes, había tenido la ocasión de hacer un viaje a Berlín y Dresde, formando parte de un numeroso grupo de directivos del entonces primer grupo industrial alemán (Daimler-Benz). El 9 de noviembre de 1989, en aquella noche histórica, me vino a la memoria con qué emoción muchos de esos altos ejecutivos alemanes cruzaban, por primera vez en su vida, los tremendos controles aduaneros y de seguridad con que nos obsequió la policía de la llamada (¡vaya burla!) República Democrática. Para la mayoría era penetrar en un país donde tenían familiares próximos. Para otros era volver adonde habían nacido y de donde habían escapado con sus familias en los años cuarenta o primeros cincuenta. Aquellos directivos llegaron a la Alemania del Este con una información escasa y enormemente sesgada en sentido positivo, fruto sin duda de la intensa y pertinaz propaganda realizada por los rectores de la llamada República Democrática.
En aquellos años se había hecho correr por todo Occidente la falacia, que había calado con éxito, de que la RDA era la sexta potencia mundial. Y esto se repetía una y otra vez, sin análisis ni comprobaciones, aunque todo el mundo conocía las manipulaciones que los comunistas hacían de las estadísticas y también los artificiales tipos de cambio que utilizaban para estas comparaciones. Pero bastaba con hacer un viaje a la Feria de Leipzig, por decir un sitio al que acudían empresas occidentales, para desenmascarar la patraña y observar el atraso que tenía el Este respecto a la parte occidental del país dividido.
No sólo no se trataba de una potencia sino que España, a finales de los 80, estaba claramente por delante de la RDA, se tomase cualquier clase de parámetro. La admiración que se sentía en el mundo de la izquierda por la RDA hizo que hacia 1983, siendo yo presidente de Iberia, y tras presentar un acuerdo al que habíamos llegado con Lufthansa, se me recriminase por algún destacado economista socialista no haber elegido Interflug, a la sazón línea aérea oficial de la RDA, "que era el futuro".
Después de tres días de estancia al otro lado del muro, y tras visitar Dresde, seleccionado por nuestros anfitriones por ser la ciudad bombardeada por los aliados y reconstruida con el esfuerzo de los "laboriosos alemanes del Este", regresamos a Stuttgart. Pero en el viaje de vuelta, la impresión causada por lo visto les había cambiado por completo los sentimientos. La imagen de potencia económica de sus hermanos se había derrumbado. Simplemente, ¡aquello era mentira! No habíamos visto nada más que lo que querían enseñarnos, pero aun así era suficiente para comprobar que no había manera de comprar nada, que la gente vestía muy modestamente y que el concepto de moda era desconocido. Con todo, lo que más les impactó, pues eran todos del sector, fue el parque automovilístico. ¡Qué cacharros! ¡Qué tecnología había detrás de los Trabant! De repente se les cayó un mito y vieron de forma muy gráfica que aquello, después de más de cuarenta años de separación, poco tenía que ver con ellos, con la Alemania que habían reconstruido con su esfuerzo hasta convertirla en una de las cinco primeras economías del mundo, en este caso de verdad.
En el año y pico que transcurrió entre aquel viaje y la noche mágica cuyo aniversario ahora conmemoramos, tuve ocasión de hablar con muchos alemanes. Las opiniones que fui recogiendo eran bastante coincidentes. Reunificar el país no era ya -lo había sido antes- una meta nacional. Los cuarenta años trascurridos habían separado demasiado los dos pueblos. Ni siquiera como ejercicio retórico creían que fuese posible la unión, pues existían diferencias que resultaban excesivas. Pero sobre todo, no contemplaban la posibilidad de que los tanques rusos y las divisiones estacionadas en la RDA permaneciesen impávidosante cualquier intento de acercamiento a Occidente. Así transcurría la vida hasta aquella noche que cambió el mundo.
A partir de ahí, es conocido cuanto pasó. Un gran canciller, Helmut Kohl, desafió por primera vez al Bundesbank y decidió que para facilitar la integración era fundamental ser generoso con los del Este, estableciendo la paridad entre las dos monedas en plano de igualdad, a pesar de que los mercados señalaban que debían ser necesarios cinco marcos del Este para obtener uno del Oeste. Kohl quiso que los ahorros que tenían los orientales tuvieran el máximo valor para afrontar lo que se venía encima. Y los alemanes occidentales fueron gravados con un impuesto de reunificación del 5%, que ha estado en vigor hasta ahora. La gran generosidad de los ciudadanos y de las empresas de la RFA hizo posible la reunificación política a los once meses de la caída del Muro, pese a la resistencia de la URSS, que no quería ver su antigua aliada incorporada a la OTAN de sus enemigos, y al poco entusiasmo de algunos líderes europeos como Mitterrand.
Los alemanes occidentales no podían dar crédito a lo que se encontraron en la parte oriental: ciudades con unos servicios de los años treinta, carreteras y vías de comunicación en un estado lamentable, sistemas de telecomunicaciones primitivos, fábricas ineficientes y supercontaminantes.... Demoler la labor del comunismo y reconstruir lo digno de ser salvado ha sido un trabajo de titanes aún inconcluso. Pero aún más difícil ha sido el proceso desplegado para cambiar las mentes, especialmente de los que a la sazón tenían más de cincuenta años y estaban acostumbrados a que el Estado les organizase su vida desde la cuna a la tumba. Introducir y popularizar conceptos como la propiedad privada, la responsabilidad individual, el beneficio, el tipo de interés, el espíritu emprendedor y tantos otros elementos que forman el núcleo esencial de la economía de mercado entre una población que los ignoraba por completo no ha sido fácil. Veinte años más tarde, Alemania vuelve a ser un gran país pero lo más importante de aquella noche es que cayó el Muro, que lo hizo del lado correcto y que "esa puerta no volverá a cerrarse nunca".)
Carlos Espinosa de los Monteros, ex presidente de Mercedes Benz España.
Carlos Espinosa de los Monteros, que conociÓ Alemania del Este antes de 1989, estaba el 9 de noviembre de ese año de viaje de negocios en Stuttgart
un gran canciller,
helmut kohl, desafiÓ
por primera vez al
venerado y temido
bundesbank, y forzÓ
la paridad entre las
dos monedas