
Steven Levitt se labró una temprana reputación de rarito (o sea, freaky) cuando aún estudiaba en Harvard. Le divertía aplicar el poderoso aparato matemático que los economistas habían desarrollado para desentrañar las leyes del comercio internacional o los problemas de balanza de pagos a asuntos triviales, como el béisbol o el modo más eficiente de distribuir por habitaciones a sus compañeros de colegio mayor.
Esta mirada económica a la vida, como la bautizó Gary Becker cuando en 1992 le dieron el Nobel por sus estudios sobre el matrimonio (o este imperialismo económico, como prefieren llamarlo los sociólogos), ha dominado la carrera de Levitt, que quizás nunca habría trascendido el ámbito académico de no haber mediado una terrible tragedia: su hijo de un año murió de meningitis.
Levitt y su mujer Jeanette “se apuntaron a un grupo de apoyo para padres desconsolados”, según cuenta The Guardian, y allí le chocó la cantidad de niños que morían ahogados. Decidió cuantificar el riesgo exacto y acabó publicando un artículo en el que demostraba que era más peligroso tener en casa una piscina que una pistola.
A raíz de éste y otros trabajos, varios editores empezaron a reclamarle un libro, pero Levitt no se fiaba de sus dotes literarias y sólo accedió a hacerlo a medias con Stephen Dubner, el redactor del New York Times que, tras entrevistarlo en 2003, lo convenció de que había periodistas que no distorsionaban todo lo que se les contaba.
El fruto de aquella colaboración, Freakonomics, lleva vendidas tres millones de copias. Ahora sale la segunda parte: SuperFreakonomics. Enfriamiento global, putas patrióticas y por qué los terroristas suicidas deberían contratar un seguro de vida.
Buenos y malos. A Levitt sus colegas lo acusan de dilapidar su talento en temas menores, y él no lo discute. Dice que le falta cabeza para los asuntos importantes, pero toda su obra está vertebrada por la misma gran idea que le dio el Nobel a Becker: la gente se mueve por incentivos; no es ni buena ni mala, sólo maximiza su utilidad.
“Podrías poner a la madre Teresa en una situación en la que obrara egoístamente y a Charles Manson en otra en la que se comportara generosamente”, dice Levitt. A muchos de ustedes, educados en sólidas convicciones, les costará a lo mejor creer que, bajo determinadas circunstancias, cualquiera acaba aparcando en el carril bus o robando en un Vips. Pero tiene su lado positivo: no hay que esperar a que el progreso alumbre a ese hombre nuevo, justo y benéfico. Basta con disponer los incentivos adecuados.
Piensen en las putas patrióticas del título. La prostitución es una actividad muy estigmatizada y pocas mujeres se dedican a ella… a los precios corrientes. Porque si suben lo suficiente, un ejército de aficionadas se echa a la calle. Es lo que pasa el Cuatro de Julio en Estados Unidos. Al parecer, la idea de celebrar la fiesta nacional “bebiendo limonada con la tía Ida” no seduce a muchos americanos.
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‘superfreakonomics’ escandaliza al ecologismo con sus propuestas contra el cambio climÁtico
20. Es el precio, en millones de euros anuales, del escudo espacial que preservaría a la Tierra del calentamiento global. Una minucia, comparada con Kyoto, que cuesta 800.000 millones anuales