Actualidad Economica
en portada

de marx a ciudadano kane

24/09/09 - Miguel Ors Villarejo

“En 1971, mi amigo Julio Trujillo se afilió a la Liga Comunista Revolucionaria (LCR), un grupo trotskista. Aunque la LCR tenía un discurso muy radical, las autoridades no le prestaron especial atención hasta que selló una alianza con ETA VI Asamblea. Esta facción se había escindido de la banda porque no compartía su estrategia militarista, pero la policía no entendía estas sutilezas doctrinales y, cuando en 1975 empezaron a aparecer pintadas firmadas por LCR-ETA VI Asamblea, se abalanzó sobre sus militantes. A Julio lo cogieron saliendo de casa. Casi lo matan de una paliza. El fiscal le pedía 18 años y decidió huir a Francia.
Allí entró en contacto con el delegado de la Liga ante el Secretariado Unificado de la Cuarta Internacional, un linotipista que respondía al alias de Melan.
Era Jaume Roures.
En principio, debían contactar cada 15 días, pero se cayeron bien y quedaban de vez en cuando para ir al cine o tomar un café. “La imagen que conservo es la de un tipo austero, siempre con la misma ropa, parco en palabras”, dice Julio. “Solía recogerse temprano. Yo me quedaba con los camaradas brasileños, que eran más fogosos”.
Julio regresó a España tras la amnistía de 1976 y su relación con Roures fue espaciándose. “En 1980 coincidimos en una asamblea de la Liga y no volví a saber nada de él durante años”, cuenta Julio. “La siguiente vez que lo vi fue en un aeropuerto”. Era ya presidente de Mediapro, pero “seguía pensando igual”.

Regreso al futuro. “Aquí en Madrid estáis siempre complotando”, me dice Roures cómodamente arrellanado en el sillón de un lujoso hotel de Madrid, frente al Parque del Retiro. No recuerdo a propósito de qué ha venido el comentario. Es la primera frase de la entrevista que tengo grabada. Creo que acababa de ponerle al corriente de las últimas andanzas de Julio. Más de tres décadas después de su exilio parisino, Roures conserva el aspecto frugal y reservado de Melan. Podría aprovechar para subrayar el contraste entre el elegante salón en el que me ha citado y su indumentaria sobria y funcional, pero dos mesas más allá hay un turista americano en chanclas y pantalón corto.
En cualquier caso, lleva razón: en Madrid estamos siempre complotando. Se nos debe de haber quedado de cuando ejercíamos de Villa y Corte. La gente acudía de los cuatro puntos cardinales a intrigar y obtener mercedes. Ahora ya no se conceden tantas mercedes (¿O sí?), pero seguimos conspirando, por inercia y por aburrimiento. Y una de las comidillas es justamente Roures. ¿De dónde saca este hombre el dinero? Cuando en 2007 Mediapro arrebató el Mundial de Fórmula 1 a Telecinco, algún periódico comentó que “la chequera de Roures y sus chicos parece inagotable”. También se dio a entender que carecían de solvencia, que eran unos novatos y unos aficionados (bueno, no, esto se dijo abiertamente) y que habían reventado el mercado de los derechos deportivos amparados en sus oscuras relaciones con el Gobierno.

No es ningún secreto que José Miguel Contreras, uno de los socios de Roures, es amigo íntimo de Miguel Barroso, ex secretario de Estado de Comunicación y marido de la ministra de Defensa Carme Chacón, como regularmente nos recuerda El País. Pero es dudoso que Juan Abelló, uno de los grandes accionistas de Mediapro (20%), le confiara su dinero a un insolvente. Y sobre todo, Roures no es ni un novato ni un aficionado.

Es verdad que nada hacía sospechar que acabaría siendo un magnate de la comunicación. Él mismo es el primer sorprendido de la dimensión que ha adquirido Mediapro. “A veces hacemos bromas y decimos: ¿en qué momento dimos el giro, en lugar de dedicarnos a vivir más tranquilamente?” Los años de militancia en la extrema izquierda no son el inicio prometedor que uno querría para un hijo. Roures los remató, además, con una estancia en Nicaragua. “A su regreso de Francia, se hartó rápidamente de la Transición, que veía como una tapadera de la explotación capitalista”, recuerda Julio. Quería ayudar a los sandinistas a profundizar en el proceso revolucionario, como entonces se decía, pero no tardó en volverse a España.

Entonces empezó el giro. “El éxito sigue un curso predecible”, escribe Malcolm Gladwell en Fueras de serie. Roures es inteligente y se ha matado a trabajar; todo esto es parte de la receta. Pero no es el más brillante quien triunfa, ni el que más se esfuerza. El mundo está lleno de tipos listos que trabajan de aparcacoches. “La relación entre el éxito y el CI [cociente intelectual] funciona sólo hasta cierto punto”, sostiene Gladwell. Una vez que se alcanza un determinado nivel, seguir sumando puntos no se traduce en ventajas adicionales. Un científico con un CI de 130 tiene las mismas posibilidades de ganar el Nobel que otro con un CI de 180. Pasa como en baloncesto: si mides metro y medio, es difícil que llegues a la NBA, pero a partir de 1,85 la estatura deja de importar. Un jugador sólo necesita ser suficientemente alto. En inteligencia también hay un umbral crítico, y es obvio que Roures lo da.

Para Gladwell, el rasgo distintivo del fuera de serie es la experiencia. Lo que separa a un pianista virtuoso de otro mediocre son las horas de práctica. No existe el músico nato que se eleva grácilmente hasta la cima sin pasar por tediosas sesiones de ensayo; tampoco el obrero romo que se esfuerza más que nadie, pero que por desgracia carece de talento. Gladwell cita los estudios del neurólogo Daniel Levitin, que asegura que “se requieren 10.000 horas de práctica para alcanzar el nivel de dominio propio de un experto de categoría mundial en cualquier terreno”. Si uno repasa la carrera de los Beatles, comprueba que antes de desembarcar en Estados Unidos estuvieron siete años aprendiendo a tocar en los tugurios de Hamburgo. Y Bill Gates se convirtió en un experto programador porque el exclusivo colegio en el que estudiaba tomó la entonces insólita decisión de comprar un ordenador.

También Roures tuvo su Hamburgo. En 1983 se presentó a unas oposiciones de TV3, el canal autonómico de Cataluña, y entró a trabajar en producción de informativos. No oculta que en aquel momento tenía “muy poca experiencia en televisión”, pero aprendió deprisa y la competencia tampoco rayaba a gran altura. La falta de la sana disciplina del mercado había aburguesado a RTVE. “Empezamos a usar imágenes para dar noticias, en vez de bustos parlantes, y aquello fue una revolución”, recuerda Roures.
Del mismo modo que Gates y los Beatles reunían las reglamentarias 10.000 horas de vuelo cuando estallaron las revoluciones del pop y la informática, Roures tenía hecho un máster en TV3 cuando el PSOE aprobó la Ley de Televisión Privada en 1988. Como escribe Gladwell, todos los fueras de serie “son beneficiarios de alguna especie de oportunidad histórica. Las rachas de suerte no parecen excepcionales […]. Parecen la norma”.

Derechos. El golpe de fortuna se redondeó en 1986, cuando a Roures y a su actual socio Tatxo Benet los destinan a la sección de deportes y toman contacto con el mundo de los derechos de imagen. La idea de que el resumen de un partido podía comercializarse era aún una extravagancia para muchos directivos de la época. Se emitían en el programa correspondiente y luego se almacenaban cuidadosamente en los archivos de la cadena. “Uno de los primeros en darse cuenta de que se estaba enterrando un negocio fabuloso fue Félix Rodríguez de la Fuente”, cuenta un veterano de RTVE. “Pidió permiso para vender sus series en otros países y en Prado del Rey pensaron que por qué iban a negárselo, total…”
Roures y Benet hicieron lo mismo para TV3. “Vimos que era necesario para la cadena, no lo contemplábamos como una perspectiva de negocio”. Eso vendría más adelante, en 1991, cuando dejó la cadena autonómica por razones ideológicas. No le gustó el tratamiento que se dio a la Primera Guerra del Golfo. “España apoyó la invasión de Irak para participar en el reparto del botín: ésa era la frase de moda para justificar la intervención”, asegura Roures, aunque no recuerdo que Felipe González dijera nada parecido.
Sea como fuere, en aquel momento se daban todas las condiciones para esa tormenta perfecta que es el éxito a gran escala.

Dorna. La primera incursión de Roures en el sector privado fue Dorna, la empresa organizadora del Mundial de Motociclismo. “Lo montamos nosotros, como es de dominio público”. Dorna iba muy bien, pero cuando eres un asalariado, por cualificado que seas, siempre dependes de “alguien que no tiene ni idea y al que se le ocurre que hay que hacer tal y cual y, bueno, de eso habíamos acabado un poco hartos en TV3”. La entrada de Mario Conde en el capital de Dorna también amenazaba con meterlos en “la dinámica de lo que entonces se llamaba el pelotazo”.
“La manera de que no viniera nadie a decirnos lo que teníamos que hacer era instalarnos por nuestra cuenta. De ahí nace Mediapro. Nos fuimos dos tíos y dos tías y de eso va a hacer ahora 15 años”.

El Corte Inglés. La progresión ha sido espectacular. El invento de aquellos “dos tíos y dos tías” que salieron de Dorna “con una mano delante y otra detrás” facturó 960 millones de euros en 2008. “Desde el principio tuvimos muy claro que no íbamos a hacer lo que hacen las productoras normales, que están muy especializadas: una hace series y sólo series, otra hace informativos y sólo informativos… Nosotros nos pusimos en medio del sistema y, si una televisión nos pedía un campeonato de no sé qué, pues le dábamos el campeonato de no sé qué. Nos llaman El Corte Inglés de lo audiovisual y, en el fondo, es la misma filosofía: un sitio en el que entras y solucionas cualquier necesidad que tengas: comida, ropa, electrodomésticos… Eso es un poco lo que hemos estructurado en lo audiovisual. Resolvemos a los operadores cualquier necesidad que puedan tener”.

Tras montar Andalucía Directo para Canal Sur, un formato que se ha exportado a Madrid, Cataluña y finalmente toda España, a Mediapro le encargaron el Mundial de Francia de 1998. “De golpe y porrazo pasamos a producir y personalizar la señal de los partidos para Argentina, México, Portugal…” Era un desafío descomunal y Roures cree que resultó decisivo para ganarse la confianza del sector. “Hoy”, alardea, “el 90% del deporte que sale de España lo gestionamos nosotros, y yo diría que el 90% del que entra”.
En 2003 WPP, una de las grandes multinacionales de la comunicación (”Yo creo que ya es la primera del mundo”, puntualiza Roures), entra en el capital de Mediapro, lo que ha reforzado su proyección internacional. “Ahora estamos facturando entre el 25% y el 30% fuera”. Luego vendrían la fusión con Globomedia, la compra de otras productoras, la incursión en el cine… El motor de esta expansión ha sido, por una parte, esa voluntad de proporcionar “un abanico amplio de productos, de no centrarnos en un contenido” y, por otra, la legítima defensa. “El mercado tiene su propia dinámica, su propia exigencia. Si no creces, te aplasta”, medita en voz alta.

“¿Y cuándo deciden meterse con Prisa?”, lo saco de su ensoñación.
“Nosotros no nos metimos con Prisa, Prisa se metió con nosotros; fue un error suyo, no una osadía nuestra”. La réplica ha sido instantánea. Ha saltado como activado por un resorte, pero sin perder la compostura. “A nosotros nos contrató Audiovisual Sport en 1998 para que gestionáramos los derechos deportivos mientras los dos socios [Telefónica y Sogecable] se dedicaban a pelearse. La sociedad perdía cada temporada 10.000 millones de pesetas [60 millones de euros] y, cuando la pusimos en números negros, nos despidieron. Y no nos gustó nada”.

No les gustó nada, pero se reveló otro de esos golpes de suerte de los que habla Gladwell. “Hasta entonces, en Mediapro no nos habíamos planteado gestionar derechos deportivos, pero, al echarnos, nos abrieron las puertas de par en par”. La oportunidad de negocio estaba clara. “El problema de Audiovisual es que se quedaba con el fútbol para ofrecerlo a través de su plataforma, despreciando todo el mercado que se abría más allá de su parque de abonados”. Era una limitación importante. Roures ha calculado que en España hay sólo dos millones de familias en disposición de pagar la cuota mensual de 50 euros que cobran las cadenas de pago. Comercializando los partidos directamente a través de la televisión digital terrestre (TDT), el público potencial se amplía en más de siete millones de hogares. “Audiovisual no explotaba el fútbol en función del negocio que el fútbol podía generar, sino en función de su conveniencia como operador”, dice Roures. Esto quizás fuese bueno para Sogecable y Telefónica, pero no para los clubes. Mediapro les explicó su modelo alternativo de explotación, los convenció y poco a poco se fue quedando con los derechos de televisión. “Tampoco estábamos inventando nada, esto es lo que se hace en todo el mundo”.

En campaña. La reacción de Prisa fue furibunda. “Intentó aplastarnos con aquella campaña del verano de 2007, tachándonos de estafadores, denunciándonos por pirateo y tratando de impedirnos el acceso a los estadios”, recuerda Roures. “Y ahí se equivocaron. Sorprendentemente, porque yo creía que nos conocían un poco. Como dijimos entonces y se ha certificado después, a nosotros no nos pasa nadie por encima. Nos podemos equivocar, pero no somos una banda de salteadores de caminos. Y aunque lo fuéramos, hace falta algo más que las portadas de El País para arrugarnos”. (Sogecable aún no ha retirado las denuncias, pero la crisis financiera, la sangría de abonados y los sucesivos reveses en los tribunales la fueron forzando a replantear su táctica. En mayo de este año, Javier Díez Polanco, uno de los estrategas de la guerra del fútbol, cesaba como consejero delegado y, en junio, Sogecable firmaba un acuerdo para compartir las emisiones de la Liga con Mediapro. Incluso se habló de una fusión entre La Sexta y Cuatro, aunque posteriormente han surgido diferencias.)
“En medio de aquella pelea, la salida de La Sexta y Público no contribuyó a aplacar los ánimos”, le digo.
“Ésa fue una de las excusas a las que se agarraron para echarnos de Audiovisual, pero no tenía nada que ver”, precisa Roures. “Los dos proyectos estaban en marcha desde mucho antes. Lo que pasa es que se juntó todo y resultaba muy vistoso y muy periodístico interpretarlo como respuestas a las agresiones de Prisa. Era como si la guerra del fútbol se librara por tierra, mar y aire”.
“¿Y no era así?”
“Nosotros no nos movemos por lo que hace Prisa, y el que funcione así se equivoca. Sencillamente, vimos que había un mercado grande a la izquierda de El País, que se ha demostrado que existía. El diario había ido además envejeciendo con la gente y muchos jóvenes ya no se sentían identificados con su línea editorial”.
“¿Y no es una temeridad sacar un diario con la que está cayendo en la prensa de pago?”
“Es que es falso que se estén perdiendo lectores, y se puede demostrar con un análisis de 20 años. Lo que ha entrado en crisis es el modelo mastodóntico tradicional. Igual que en televisión. La Sexta la hacemos con menos de 100 personas y la que viene después debe de tener 1.400. Las privadas reprodujeron el paradigma autárquico de Televisión Española, de grandes instalaciones y grandes platós de uso exclusivo, y esto es insostenible en un horizonte digital, en el que ya no habrá cuotas de audiencia del 19%, sino del 12% en el mejor de los casos. Las cadenas tal y como las conocemos hoy van a desaparecer. Habrá plataformas y cada una tendrá cuatro televisiones, un canal en internet y alguna cosa más. Y si hay una fusión, pues en vez de cuatro televisiones tendrá ocho, más dos canales en internet, uno de pago y otro gratis… En un escenario así, las megaestructuras de 3.000 empleados no tienen sentido. Y lo mismo reza para la prensa escrita”.
“¿Con cuánta gente hacen Público?”
“Incluidos los comerciales, somos unos 150”.
“¿Y no le parece que con una plantilla tan corta es difícil dar ese valor añadido que la prensa de pago necesita para competir con la gratuita?”
“Yo creo que cada día lo hacemos mejor, aunque esté mal que lo diga”.
“Dan mucha ideología…”
“Más que ideología, son opiniones claras. La objetividad no existe. Lo que hace el periodista es ofrecer un punto de vista. Nosotros componemos un mosaico con diferentes criterios y dejamos que el lector elabore el suyo. No hacemos editoriales”.
“La portada de Público es un editorial”.
“Es posible, pero ¿qué hacen El País y El Mundo? Toman posición sobre la crisis de IBM, las elecciones de Irán o los problemas de Chaves en Andalucía. Y sin ánimo de ofender a nadie, eso es falso, porque no hay ninguna redacción ni ningún director capaz de explicar qué pasa ni en IBM ni en Irán ni en Andalucía”.

Doctrina. En este punto la conversación se desliza (se despeña, más bien) por escarpaduras ideológicas en las que Roures se desenvuelve con los movimientos firmes y seguros de un veterano marxista. Extractos:
“Hoy en día, los pobres son más pobres que antes, no están mejor, están peor”.
“Aquí roba todo el mundo y no pasa nada, al revés, les votan más”.
“A la gente no le puedes decir que tiene que ser un 30% más pobre y que se sacrifique mientras salvas a los banqueros”.
“Estamos llegando al agotamiento del sistema, de las ideas y de las alternativas. No hay brotes verdes ni naranjas ni de ningún tipo, y es muy difícil que salgamos de ésta”.
“Ya no me pongo en la óptica marxista, sino en la del buen capitalista. ¿Qué ha demostrado esta crisis? Que la especulación tumba el sistema. ¿Y por qué no se reforma? Porque mira que sería fácil, pero ése es el problema: la incapacidad del sistema para adoptar ni siquiera medidas de maquillaje”.
Es un discurso por el que no pasan los años. Si se hubieran tropezado con Melan en un café de París durante la Transición, no les habría contado cosas muy diferentes. A menudo le reprochan lo chocante que resultan esas opiniones en boca de un millonario, y él lleva una réplica preparada: “¿Por qué no le hace esa misma pregunta a los empresarios católicos? ¿No se supone que deberían compartir también sus ganancias cristianamente?” No le falta razón. Las exigencias de pureza ideológica siempre me han parecido injustas y miopes. El primer mandamiento de los empresarios es generar riqueza y todos sabemos que, si siguieran el ejemplo evangélico al pie de la letra, el capitalismo se hundiría más deprisa de lo que Marx predijo.
No obstante, el hecho de que Roures sea trotskista, en vez de anglicano o estalinista, no es del todo irrelevante.

Su moral y la nuestra. Unos días después de nuestro encuentro en el hotel de Retiro, me asaltaron algunas dudas y le puse un correo electrónico. Le decía, entre otras cosas, que hablaba mucho de ética y que me sorprendía, porque a Trotsky no le preocupaba nada. Al contrario, defendía cosas terribles, como que había que acabar con esas paparruchas cuáquero-papistas sobre la santidad de la vida. La respuesta telegráfica de Roures fue: “Trotsky tiene un buen libro que se llama Su moral y la nuestra y que es bastante clarificador de sus posiciones reales y no de las etiquetas que se cuelgan”.
Este verano me lo bajé de internet y debo decir que su lectura no alteró la opinión, más bien pobre, que me merecía el fundador del Ejército Rojo. (Resultan especialmente edificantes los pasajes en los que justifica el fusilamiento de rehenes.)
Pero detecté dos aspectos que, con todo respeto, arrojan alguna luz sobre la trayectoria de Roures. Primero, una invitación a la paciencia. En el epílogo, Trotsky recuerda que Marx y Engels “habían permanecido toda su vida en la minoría y que lo habían pasado muy bien en ella”. Los momentos de triunfo constituyen “excepciones rarísimas” en la biografía del revolucionario. Las derrotas son “mucho más frecuentes”. Esta concepción de la existencia no ya como lucha, sino como lucha perdida imprime un carácter especial. Como comprobó Prisa, un trotskista no se arruga fácilmente.
El segundo aspecto es el pragmatismo. Trotsky considera legítimo todo lo que prepare “el derrumbe completo y definitivo de la barbarie imperialista”. Otras familias marxistas han sido más escrupulosas a la hora de sellar alianzas. Preferían, por ejemplo, crear sus propios sindicatos. Trotsky era, por el contrario, partidario de infiltrarse en los existentes. “Está permitido todo lo que conduce realmente a la liberación de la humanidad”, escribe en Su moral y la nuestra.

Hace 30 años, la acción clandestina le parecía a Roures indispensable para traer la sociedad sin clases. Hoy probablemente piense que es más eficaz montar un grupo de comunicación y adentrarse en los engranajes del sistema hasta confundirse con él.


en apenas 15 años, este antiguo linotipista ha levantado desde cero el imperio mediapro. ¿cÓmo lo ha logrado?

“Nosotros no nos metimos con prisa, prisa se metiÓ con nosotros. fue un
error. a nosotros no nos pasa por encima nadie”

Otras webs del grupo Unidad Editorial