
La ayuda al desarrollo no sólo no mejora la vida de los africanos, sino que lleva décadas empeorando las cosas. Las buenas intenciones de Occidente han condenado al continente negro a una mayor pobreza y corrupción. Así de rotunda se muestra la economista africana Dambisa Moyo en su polémico primer libro, Dead aid (Ayuda muerta).
En los últimos 50 años, los países ricos han invertido más de un billón de dólares (unos 700.000 millones de euros al cambio actual) en ayuda al desarrollo en África. ¿Ha ayudado este millón de millones a mejorar sus vidas? Moyo es tajante en la respuesta: No. La pobreza no ha cesado de aumentar desde que estos programas de desarrollo empezaron hace seis décadas. “La ayuda ha hecho a los pobres más pobres y ha ralentizado el crecimiento”, escribe. “La noción de que esta ayuda puede aliviar la pobreza sistemática, y que así lo ha hecho, es un mito”.
Y como podría esperarse de una economista que ha pasado por el Banco Mundial y por Goldman Sachs, con un doctorado en Oxford y un MBA en Harvard a sus espaldas, aporta datos para probarlo: 700 millones de africanos viven con menos de un dólar al día, lo que, según Moyo, significa que el África subsahariana tiene hoy una renta per cápita inferior a la de los años 70.
La tesis de la economista zimbabuense, elegida por la revista Time como una de las 100 personas más influyentes del mundo en 2009, es que los únicos países africanos que han prosperado son aquéllos que han intentado desvincularse lo más posible de la ayuda al desarrollo.
Quienes la han aceptado, sin embargo, se han convertido en una especie de yonkis de la droga solidaria, incapaces de crecer por sí mismos por culpa de su síndrome de abstinencia. La ayuda, según Dead Aid, ha hecho a muchos países africanos entrar en un círculo vicioso de dependencia que distorsiona el mercado, distorsión que aumenta la corrupción y consiguientemente la pobreza que, a su vez, justifica la ayuda. Y volvemos a empezar. ¿Se les ayuda porque son pobres o son pobres porque se les ayuda?
No hace falta leer a Moyo para buscar ejemplos sobre la corrupción de los dictadores africanos que viajan en jets privados mientras sus pueblos mueren de hambre. Una periodista española de TVE que acompañaba hace unas semanas al ministro de Exteriores Miguel Ángel Moratinos en su viaje a la Guinea Ecuatorial de Teodoro Obiang comentaba en su crónica que “el hijo mayor del dictador gastó en dos años 43 millones de dólares en casas y coches de lujo, más de lo que el gobierno dedicó en 2005 a educación”. Al parecer, parte de la la comitiva de empresarios, políticos y diplomáticos allí presentes criticó a la periodista: España tiene grandes intereses en uno de los países africanos con mayores reservas de petróleo, que, además, lleva años recibiendo de Occidente ayuda al desarrollo.
Según la organización independiente pro derechos humanos Human Rights Watch, pese a que con el boom del petróleo en Guinea ha aumentado la renta per cápita (de 26.000 dólares en 2006 a más de 31.000 dólares en 2008), el nivel de vida de la mayoría de sus habitantes ha disminuido, y la mortalidad infantil se ha incrementado, por no hablar de las constantes violaciones de las libertades fundamentales. No en vano, el país que lleva más de 30 años bajo la dictadura de Obiang es uno de los que más citados por Moyo en Dead Aid como ejemplo que prueba su tesis.
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