
La Real Academia de la Lengua Española la define como “el descenso del nivel de precios debido, generalmente, a una fase de depresión económica o a otras causas”. Los economistas dan una vuelta de tuerca y especifican que se trata de “caídas generalizadas de los costes que se producen durante un periodo continuado en el tiempo”.
Desde el Banco Central Europeo (BCE) se ha concretado aún más al referirse a “disminuciones no circunstanciales”. Con matices (grandes, eso sí), todos hablan de lo mismo: la deflación.
Y es que en los últimos días se ha repetido el fenómeno que ya se produjo al comienzo de la crisis: el debate económico se ha ido desviando hacia una interminable discusión semántica. Esta vez sobre la caída de los precios.
El retroceso de mayo del Índice de Precios de Consumo (IPC) hasta una tasa interanual del -0,8%, tras años de fuertes alzas, ha encendido en esta ocasión la mecha.
Y los tertulianos, los políticos y otros personajes mediáticos han hecho el resto para avivar la polémica. Más allá de la estéril guerra dialéctica, las preguntas sobre esta rara avis se multiplican. ¿Qué efectos puede tener un IPC en números rojos? ¿Existe riesgo o no de vivir un episodio como el de la Gran Depresión? ¿Qué sucederá los próximos meses?
La mayoría de expertos consultados se suman a la tesis de la ministra de Economía, Elena Salgado, y descartan que nos veamos inmersos en una espiral deflacionista, como la que experimentó EEUU en los años 30 y Japón en los 90.
Es un alivio, porque un episodio de este tipo tiene unos efectos devastadores sobre la economía y es muy difícil de superar.
Normalmente, la secuencia es la siguiente: los precios caen, con lo que se reducen los ingresos de las empresas. Como los costes de producción no son menores, las compañías recortan la inversión y el empleo. Por tanto, cada vez es menor la masa salarial y la demanda, así que también se resienten las ventas.
A la vez, como se cree que más adelante todo será más barato, las empresas retrasan su inversión y los consumidores sus compras. Por si fuera poco, la deuda de las familias y compañías en relación con los ingresos es mayor. Por ello, los bancos aumentan la prima de riesgo y reducen la oferta de crédito. En definitiva, la economía se convierte en un círculo vicioso que siempre va a peor.
Pero, ¿en qué se fundamentan los economistas para desestimar de un plumazo esta hipótesis? La mayoría afirma que lo que atravesamos es “un proceso de desinflación o de inflación negativa”. Y aunque parezca que hemos caído otra vez en los dimes y diretes de los académicos, la afirmación se apoya en datos.
Xavier Segura, director del Servicio de Estudios de Caixa Catalunya, señala que el descenso del IPC será transitorio. “A final de año ya habrá tasas positivas. En julio viviremos la mayor caída (-1,6%), sobre todo por el efecto comparación con el año pasado, cuando se marcó máximos”, dice.
Sin medida. El director de Coyuntura de la Fundación de Cajas de Ahorros, Ángel Laborda, cree que el problema también depende del cristal con que se mire. Y no es cuestión de optimismo o pesimismo. Laborda señala que mientras que el IPC está en terreno negativo otros indicadores de los precios aún no lo han pisado. “El IPC representa aproximadamente el 55% del total de precios de la economía española, los de la cesta de la compra. Por eso no es representativo de la inflación total”, indica.
Lea el reportaje completo en la revista.
la caÍda de los precios en mayo aviva el temor de la deflaciÓn, pero Los expertos creen que difÍcilmente se producirÁ. ¿Por quÉ?
salgado descarta caer en una espiral
deflacionista.
“el descenso del IPC se debe al petrÓleo”