Distancia. Discordancia. Lejanía. Son las palabras que se escucha a los empresarios cuando opinan sobre la relación entre los conocimientos que reciben los alumnos en la universidad y el perfil de empleados que buscan para sus empresas.
Y no son sólo los reclutadores los que perciben esta falta de conexión. Ya no sorprende a nadie escuchar la frase: “He aprendido más durante el primer mes en el trabajo que a lo largo de los cinco años de carrera”.
Algunas empresas y asociaciones, hartas de dedicar tiempo y dinero a formar recién licenciados, han decidido tomar cartas en el asunto y exigen que los alumnos salgan de clase con menos doctrinas teóricas y más facilidad para aplicarlas. “Un poco menos de conversación y un poco más de acción”, como cantaba Elvis Presley.
Son acciones mucho más directas que los foros de empleo en los que miles de alumnos pasan una tarde recogiendo propaganda, bolígrafos y camisetas de las empresas expuestas; o que la clásica charla magistral del directivo de turno (habitualmente amigo del decano o ex alumno de ese centro), que se deja caer un día por el aula y explica cómo ha conseguido (o cómo le habría gustado conseguir) convertirse en un pez gordo.
Una de las entidades pioneras en introducir sus exigencias en la universidad ha sido la caja de ahorros Caixa Sabadell. Mediante un acuerdo con el centro público Universitat Oberta de Catalunya (UOC), los alumnos pueden cursar asignaturas durante sus tres últimos años de carrera en los que aprenden los entresijos del sector financiero.
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