"Nunca dejes que el futuro te inquiete. Si tienes que hacerlo, te enfrentarás a él con las mismas armas de la razón que te equiparan hoy contra el presente”. La frase, atribuida al emperador romano Marco Aurelio, encabezaba la presentación de resultados anuales de Banco Popular. Ciertamente, el año no pinta bien para el sector financiero. El mercado de crédito está cerrado por culpa de la crisis subprime, el coste de la financiación se ha encarecido y el pinchazo del sector de la vivienda ha desinflado el volumen de hipotecas, que suponen un 52% de la cartera de créditos de los bancos cotizados.
Nadie se atreve a tapar, ni siquiera a maquillar el problema. “Se trata de la mayor crisis en los 25 años que llevo en activo”, reconoció públicamente hace unos días Juan Ramón Quintás, presidente de la CECA, la patronal de las cajas de ahorros españolas. El sector financiero español tiene la suerte de no estar contaminado por vehículos de inversión transmisores del virus subprime, que los bancos estadounidenses se encargaron de empaquetar y diseminar con complejos instrumentos financieros. Pero no vivimos en ningún oasis. La marea negra podría alcanzarnos si se produce una debacle de las monolines, las aseguradoras de bonos de Estados Unidos que garantizan el pago de muchísimas emisiones. El auge de la morosidad ha afectado a su solvencia. “En España no existen monolines, pero está en poder de las instituciones españolas una enorme cantidad de títulos emitidos por entidades norteamericanas de toda solvencia y con una calificación triple A [la más alta]”, señaló Quintás.
El problema es que, si las aseguradoras de bonos dejan de considerarse tan fiables, el ráting crediticio de los bonos que respaldan también se resentirá. Eso obligaría a provisionar la pérdida de valor de esos títulos.
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