El domingo 5 de febrero de 2006, el presidente del Gobierno, José
Luis Rodríguez Zapatero, y su ministro de Industria, José
Montilla, acudieron a un almuerzo en la casa que el entonces presidente
de La Caixa, Ricardo Fornesa, tiene en Premià de Mar, una localidad
costera a 25 kilómetros de Barcelona. Allí les esperaba,
entre otros insignes invitados, Salvador Gabarró, el presidente
de Gas Natural.
Hacía apenas unos días que el Gobierno había aprobado
la opa de la gasista sobre Endesa. No consta que se brindara por el
éxito de la operación, pero en aquel momento todo el mundo
lo daba por descontado. El rechazo del Tribunal de Defensa de la Competencia,
que recomendaba prohibirla por los daños irreversibles
que causaba, se había ignorado olímpicamente.
La Comisión Nacional de la Energía había impuesto
algunas condiciones, pero muy asumibles, y Gas Natural las había
aceptado rápidamente. Muchos analistas consideraban el precio
poco generoso, pero Gas Natural podía permitírselo, dado
el descarado apoyo oficial. El propio Montilla había aconsejado
a los accionistas de Endesa que aceptaran tan ventajosa
oferta.
Lo normal habría sido que la cúpula de Endesa no hubiera
opuesto resistencia. ¿Cuánto tiempo tardó Alfonso
Cortina en salir de Repsol? ¿Y Pedro Mielgo de Red Eléctrica
Española? Las cosas han sido siempre así en este país:
llega un Gobierno, cambia la plana mayor de las principales empresas
y aquí paz y después gloria. De modo que, cuando Manuel
Pizarro se presentó ante los medios con un ejemplar de la Constitución
en la mano y anunció que pensaba recurrir ante la Audiencia Nacional
porque la Comisión Nacional del Mercado de Valores no le dejaba
defenderse, más de uno esbozó un gesto de ternura. El
presidente de la CNMV, Manuel Conthe, no. Él estuvo ácido.
Comentó lapidariamente: Cualquier jurista se ríe
de ese recurso.
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Coordinará el área económica del PP para contrarrestar el efecto Solbes, aunque lo que de verdad le preocupa es la situación de la justicia y las fuerzas de seguridad