La pared frente a la mesa del despacho del presidente de DaimlerChrysler,
Carlos Espinosa de los Monteros, es un retablo de recuerdos en el que
se mezclan lo personal y lo profesional. En el centro destaca, enmarcada,
una acción de DaimlerChrysler, emitida a mediados de diciembre
de 1998 en Sevilla, con motivo de la primera reunión global de
los directivos de ambos grupos, que siete meses antes habían
decidido integrarse.
Era la fusión más grande que el sector había conocido.
Tuvimos mucha suerte con el clima. Muchos ejecutivos, que venían
de sitios tan fríos como Detroit, alucinaban con el sol, la ciudad
y los patios de naranjos. El ambiente era muy optimista, el mercado
estaba en muy buen momento y todo parecía fácil,
recuerda.
Nueve años y un día después de aquella reunión,
en el momento de la entrevista, Daimler y Chrysler se encuentran en
pleno proceso de separación jurídica. El 80,1% del accionariado
de Chrysler ha sido vendido al fondo de capital riesgo Cerberus, en
una complicada operación financiera en la que, de hecho, Daimler
acabará aportando dinero. En 1998, la alemana invirtió
38.000 millones de dólares para hacerse con el fabricante de
Chrysler, Dodge y Jeep.
¿Cómo se puede explicar semejante fracaso? Espinosa de
los Monteros da varias razones. En general, en las grandes fusiones
se sobrestiman las oportunidades y se subestiman los riesgos. También
cambió el mercado, a peor, especialmente en los últimos
años y en Estados Unidos. Y por último, no fuimos capaces
de demostrar que se pueden mezclar dos compañías tan distintas.
Sobre el papel, las diferencias parecían complementarias, pero
luego se descubrieron choques culturales enormes.
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