
El Carrefour de Almería está a escasos dos kilómetros de la Cooperativa Agrícola San Isidro (CASI), la mayor comercializadora de tomate de Europa. Con un sistema de subasta con precios a la baja, en la CASI se fijan los precios de más de un millón de kilos de tomate que salen de allí a diario. A medio día, cuando acaba la subasta, Manuel recibe un mensaje en el móvil que le confirma que hoy sus tomates raf se los pagarán a 0,70 céntimos el kilo. Vamos con Manuel al Carrefour, que está al otro lado de la carretera, y allí los raf están a 3,59 euros. ¿Qué ha pasado entre medias?
Mientras observa con frustración los precios que marcan las pizarras del pasillo de frutas y verduras del centro comercial, Manuel, que lleva cultivando la tierra almeriense desde 1980, tiene clara la respuesta: “La distribución se lleva los beneficios mientras cultivar es una ruina, no nos queda margen. Vendemos por debajo del precio de hace 10 años y los costes de producción no han dejado de aumentar”.
Hace tres años que las dos hectáreas de invernadero que tiene Manuel en Níjar no dan más que pérdidas. “Este año ha sido catastrófico”, dice en medio de clientes que llenan sus carros de la compra vestido con su mono azul de trabajar el campo. “En lo que va de campaña llevo invertidos 60.000 euros y habré sacado 30.000. Con lo que han caído los precios, no vamos a cubrir gastos ni aunque esto mejore hasta el verano”. Manuel recuerda que hasta 2006 había años buenos y años malos, y unos compensaban los otros. Pero el campo lleva demasiado tiempo sin buenas noticias y está empezando a dudar si pedirle otro crédito al banco para sembrar el año que viene.
Al echar mano de algunos datos, sin embargo, es difícil creer que toda la culpa de los males de Manuel la tengan las grandes cadenas de distribución. Por una parte, porque en España la concentración de éstas es menor que en los países de nuestro entorno europeo (los tres primeros operadores españoles, Carrefour, Mercadona y Eroski, acaparan un 51% de la cuota de mercado, frente al 69% de sus equivalentes belgas o el 61% de los alemanes). Además, en la alimentación fresca en España aún es muy importante el papel de pequeños fruteros, carniceros y demás minoristas. Mientras los súper y los híper tienen sus propias centrales de compras, los mercas como Mercamadrid y Mercabarna todavía canalizan el 60% de las frutas y verduras que se venden en España. “Aquí no hay oligopolio”, dice Ignacio Cruz Roche, presidente de la sociedad estatal Mercasa, que reúne los complejos de distribución mayorista. “Hay 3.000 empresas mayoristas en la red española de mercas: esto favorece la competencia, los precios se ajustan de manera natural”.
Los márgenes de los mayoristas tampoco son para tirar cohetes, y la crisis también les ha hecho apretarse el cinturón. En 2009, los mercas pasaron de vender 5.543 toneladas a 5.508 (un 0,64% menos). Según datos de Mercasa, su facturación ha sufrido el desplome de los precios: ha caído un 3,9% (de 8.300 millones de euros a 8.062). “Los mayoristas han hecho mucho esfuerzo sacrificando margen de beneficio para ofrecer mejores costes”, dice Cruz Roche. “ Aquí nadie se está forrando. Cuando un producto se vende al consumidor por debajo del euro, la distribución tampoco recupera los costes empleados en él. Antes de echarle las culpas a nadie, hay que tener en cuenta el valor del metro cuadrado de superficie en tienda y el riesgo comercial que corre cada uno...” Los mayoristas reivindican la eficiencia en transporte y su oferta de surtido completo a precio más barato. El agricultor produce mucha cantidad de un producto, pero las tiendas quieren tener un poco de muchos diferentes. Son ellos los que dan surtido variado a los minoristas.
A Manuel le saca de quicio que el tomate multiplique su precio más de un 400% del campo a la mesa y él apenas cubra los gastos que permiten que ese tomate exista. Es un aumento que a menudo escandaliza también al consumidor, pero si miramos con la lupa que ofrecen los datos del Observatorio de Precios del Ministerio de Medio Rural (ver ejemplos en las fichas de los alimentos ilustrados), vemos que cada paso aporta un valor al producto final.
“En los productos de alimentación, que tienen un valor unitario bajo, actividades como el transporte, aportan valor en la cadena y suponen una serie de costes que son fijos, con independencia del precio en orígen”, explica Ignacio Magarzo, director general de la patronal de supermercados Asedas. “Ésto no quiere decir que el agricultor perciba un precio adecuado a sus costes, pero tampoco que los intermediarios se enriquezcan injustamente”. Todos los eslabones están muy ajustados y la distribución también está sufriendo. Según datos de Deloitte, el margen de beneficio de las empresas del sector ha caído el último año entre el 3,7% y el 2,4%.
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Se estÉn o no forrando los intermediarios, la crisis ha provocado que en el mercado agroalimentario español la renta agraria disminuya un 5,4% .
los problemas econÓmicos del campo no estÁn causados por el extremo opuesto de la cadena de valor, sino por sus propios problemas internos.